MALENA

 



MALENA 


 

H

abía conseguido un nuevo trabajo. De viernes a domingo integraba, como guitarrista, el grupo estable del cabaret Mimo`s. Los dos primeros fines de semana reemplacé a un tipo que conocía de la Escuela de Jazz, luego, cuando se le complicaron los horarios, quedé fijo. El local estaba ubicado frente a la plaza de los Dos Congresos. En el primer piso de la galería que está sobre la avenida Rivadavia, cueva de las más conocidas en zona céntrica por tener un paraguas policial. Hacíamos temas livianos mientras las chicas los versionaban en strip-tease, al mejor estilo tercer mundo, con algunas excepciones, claro. Si bien a nadie le interesaba lo nuestro, creo que la poesía rondaba detrás de esas minas que, noche tras noche, llamaban a una multitud de fantasmas. El cuerpo de la mujer como único camino hacia el asombro.

Yo tenía veinte años, una Fender Telecaster, sed de noches viciosas y avidez por saber qué era eso de recibir una paga por hacer mi trabajo real. Otros oficios ya me habían visto pasar sin pena ni gloria con cierto exceso de indiferencia. El colegio secundario empezaba ser un recuerdo confuso, y el futuro sólo una palabra nombrada de vez en cuando por mi vieja o alguna que otra vecina en el almacén.

Tocar en un cabaret, les puedo asegurar, es mucho más placentero que divagar inútilmente por tareas mal pagas, ajenas, pendiente de algún pelotudo que, creyéndose el dueño del Olimpo y rodeado de cagones, jamás se presentarán en el día de la fuga.

Seguro que mis veinte años tenían mucho que ver con esta visión optimista sobre el presente, lo percibía cada noche al ver la cara de mis compañeros de grupo. Tipos de cuarenta y pico, agobiados de mostrarse frente a seres tan poco enigmáticos, confirmando que era tarde para salir y entonces se debía aguantar, sin saber por qué ni hasta cuándo, porque lo único importante era aguantar. Esa puta costumbre judeocristiana de autocondenarse porque sí, porque lo dice alguien más viejo que pone cara de saber de qué está hablando, o abre un libro para perdedores y nos lee un párrafo desafortunado.

Cacho, el baterista, podría decir que era la excepción. Se lo veía siempre feliz con sus escobillas haciendo susurrar unos parches putañeros. Cuando llegué al boliche, de inmediato comprobé que él era amigo de los dueños, de los empleados y de las minas. Incluso llegué a pensar que formaba parte de la sociedad que regenteaba el lugar. Sobre todo al verlo en más de una oportunidad, planificar con la policía algún intercambio; o improvisando una mediación entre los dueños y alguna minita disconforme. Se encargaba cada semana de cobrar y repartir entre el resto de la banda el dinero sobrante, luego de cobrar una comisión jamás confesada.

Estuve casi cinco meses trabajando allí. En ese lapso hubo varios fines de semana en los que llegué a cobrar una buena moneda dado que se llenaba de gente y como laburábamos a porcentaje ese repunte llegó a mí bolsillo. Eso de tocar tres noches por semana es un muy buen entrenamiento para cualquier instrumentista. Los temas generalmente eran standards de jazz, bossa o latino, eso significa complejas armonías, melodías que inspiran, y un trabajo rítmico sólido. Pero lo importante era que, mientras todo eso sucedía, yo estaba rodeado constantemente de mujeres en su estado más primitivo y a la vez más creativo. Tres noches a la semana para empacharme mirando culos, piernas, tetas, lenguas, conchas, y sin embargo, cada mirada traía algo nuevo acerca de lo inexplicable. Cada cuerpo, cada gesto, como un extraño planeta descubierto en el telescopio de un astrónomo deslumbrado. Ellas saben que se las observa con deseo y son sabias a la hora de inventarse. Pueden llevarlo a uno a pasear por las cornisas más prometedoras de Buenos Aires pero jamás olvidarán el camino de vuelta y su tránsito en soledad. Nosotros caeremos en algún tramo del regreso hartos de pensar sin ton ni son, sin solución de continuidad. Es un boludo optimista quien cree que no es boludo. La gran habilidad consiste en pasearnos por mundos que ocultan entre sus piernas, para regresarnos siempre a este, como para que eternamente seamos sus pasajeros predilectos. Uno siempre está parado frente a las mujeres en calidad de impaciente, al menos los pibes como yo.

Durante aquellos días pude conocer a casi todas las chicas, y no tan chicas, que pasaron por allí, en especial las que formaban parte del elenco estable. Con algunas llegué a desarrollar una especie de amistad, o esa relación extraña que se tiene con personas con las cuales uno cojería, si se presentara la oportunidad. Conocí sus rutinas, barrios, parejas sugestivas, parte de sus historias, o algunas de las rutas que llevan a una vida heroica. Hubo una entre todas que nunca voy a poder olvidar, ni tampoco quiero hacerlo: Malena, la hija tan deseada de un tanguero de posta. Realmente se encariñó conmigo, despertando, de esta forma, un sentimiento desconocido hasta ese momento.

Ni bien llegué a Mimo`s tuve la sensación de que ella ya había decidido ser mi ángel de la guarda; creo que desde mucho antes de conocerme ella necesitaba proteger a alguien de algo que aún temía. Lo confesó una mañana en el bar Carlos Gardel, de Independencia y Entre Ríos. Aquella mañana de domingo me encontraba casi bañado en alcohol, colgaban de mí las fantasías y fantasmas que la situación dispone arbitrariamente. La última entrada que hicimos en el boliche me demandó un esfuerzo tremendo. Hasta recuerdo que al terminar tardé más de la cuenta en dar con el estuche de la viola. Podía comprender perfectamente lo que sucedía a mi alrededor, y no estaba sofocando ningún tipo de pena, simplemente las cosas se fueron dando así y con ella como testigo.

Pero Malena necesitó diseñar una puesta en escena diferente que le permitiera mostrar una cara escondida, y no me negué. Haciéndolo, ella era feliz y yo no perdía nada. Me dejé llevar porque planteaba un recorrido al amparo de las inquietudes. Yo no era feliz pero ya tenía aprendida la lección y sólo buscaba buenos momentos. Confesé tener poco para olvidar, algunas cosas para recordar y mucho por conocer, por eso tocaba la guitarra en un lugar así, en donde la vida cuelga de bombachas místicas y corpiños heroicos. Simplemente yo había elegido una platea desde donde poder avistar una vida más valiente, más bizarra, con olor a sexo, y no al puto Old Spice de las nueve de la mañana del subte B. Salimos del bar y nos fuimos a su casa en Avellaneda.

Al yuyo del suburbio su voz perfuma, Malena ahora no tiene pena de bandoneón.

Vivía en un departamento de tres ambientes en los monoblocks que están frente a la cancha de Independiente de América. Ni bien llegamos me mandó al baño; según dijo, una ducha propone dormir más relajado. Por suerte no estaba en condiciones de contradecir a nadie. Me recosté en la bañera como pidiendo permiso, porque tanto maternalismo inhibe un poco, ¿sabés?

Creo que tardé más de la cuenta en eso de enjabonarme, perdí el jabón y el desodorante, pero bueno, no es lo importante. Una vez en la cama, mientras conciliaba el sueño, vi a Malena tomar mis ropas y llevarlas al balcón, en donde estaba el lavadero. Mi voz se esforzó por no ser un lamento y entonó como pudo:

Sólo sé que al rumor de tus tangos, Malena, te siento más buena, más buena que yo.

Su cabello castaño se deslizaba por la espalda como una sombra tibia, rozándole la piel con una suavidad que parecía intencional. Cada vez que se movía, ese vaivén lento dibujaba una cadencia hipnótica, como si su cuerpo hablara un lenguaje propio, silencioso y provocador. Había algo en su manera de habitar el cuerpo que desarmaba. No era solo la forma —las curvas insinuadas bajo la ropa, la línea delicada del cuello, la tensión suave de sus hombros—, sino la conciencia de sí misma. Como si supiera exactamente el efecto que producía y eligiera, sin apuro, cuándo revelarlo. Sus ojos —profundos, oscuros— tenían ese brillo difícil de nombrar, una mezcla de curiosidad y promesa. No miraba: sostenía la mirada, como si supiera algo que los demás aún no. Y en esa forma de mirar había una sensualidad sutil, más cercana a un secreto que a una exhibición. Sus labios, apenas entreabiertos, retenían el aire como si cada respiración fuera un secreto compartido. Y cuando sonreía —si es que lo hacía— no era un acto completo, dejaba siempre algo sin entregar, un resto de misterio que invitaba a acercarse un poco más. Pero eran sus ojos los que terminaban de encenderlo todo. Oscuros, brillantes, con ese fulgor que no se sostiene demasiado tiempo sin sentir que algo se desordena por dentro. No miraba de paso, demoraba la mirada, la hacía pesar, volviéndola casi física. Había calor en ella. No un fuego evidente sino uno contenido, persistente, que parecía vivir justo debajo de la piel. En la forma en que se movía, en cómo dejaba que el silencio se estirara entre palabra y palabra, en esa pausa precisa antes de apartarse… o de acercarse. Tenía veinticinco años, sí. Pero su sensualidad no era joven ni nueva, era algo ya aprendido, afinado, casi peligroso.

Me llevaba unos años, pero la diferencia cuasi cronológica estaba en lo vivido, en lo guardado sigilosamente. En ese sentido me doblaba. Yo no era un inocente ni mucho menos, pero ese tipo de mujeres multiplican los años con una tabla extraña, llevando a los matemáticos al papelón. Se marca en sus caras, sus piernas, sobre todo cuando pasan los cuarenta. De cualquier modo, ya sus tangos a esa altura eran criaturas abandonadas... con demasiadas batallas sin resultado a la vista. Rayaba el mundo cubierta de soledades, separaciones, huidas y reencuentros fallidos, que poblaban un mapa de metáforas incurables. Sus ojos tomaron nota de cada una de esas infamias. Mostraban que sabían viajar del misterio a la incertidumbre, sin exigir razones, sabiendo que iban quedando lejos algunas maldiciones.

Trabajaba en la noche desde los 18 años, lo que a esta altura del partido representaba toda una vida. Los primeros tiempos la encontraron recorriendo aburridamente distintos prostíbulos de la ruta 9 hasta que un cafishio la presentó como bailarina en un cabaret de Rosario. Allí vivió de prestado un par de años y lo vivido no fue otra cosa que una marca más en su escudo de armas. Cuando mataron al cafishio, por un ajuste de cuentas jamás aclarado, decidió volver de inmediato a Buenos Aires, por si las moscas, y, de paso, seguir con eso de los shows. Pero acá se encontró con una competencia tan feroz como desigual que demandaba mayor sacrificio, pero a cambio de una menor remuneración. Entonces no lo pensó dos veces y volvió a yirar. Su juventud, experimentada en los fuegos más astutos, fue la llave para el desplume de más de un gil. Hizo una carrera corta y fructífera. Tiempo después, gracias a los contactos de un cliente propietario de una inmobiliaria, alquiló un departamento y salió de las pensiones. Ahora hacía shows más cerca del sarcasmo que de lo erótico sólo los sábados y domingos, con dos entradas cortas que significaban los puntos más altos de la noche. Los demás días a veces los trabajaba, de taquito y sin despeinarse, en la barra, mirando las inseguridades y los tormentos de chabones de clase media.  De lunes a viernes atendía su propia cartera de clientes, a manera de mantenimiento, y generalmente después del mediodía. La juventud de su cuerpo, sumada a una experiencia atravesada con elegancia, reafirmaba una cotización  interesante. La mayoría  de sus clientes eran empresarios medianos del conurba sur. Otros, abogados de corta carrera, listos para un zarpazo demorado. El resto, infelices dueños de negocios ubicados en la zona de Tribunales. Todos tipos casados, cobardes desbordados por amores contrariados, vergonzantes, condenas silenciosas que destapaban tímidamente al amparo de daños jamás reconocidos.

-¿Dormiste bien?

-Sin sobresaltos.

-Acá es muy tranquilo. Eso sí, dentro de un rato empieza el quilombo, los gritos, por la gente de la cancha ¿viste?

-Ah, sí, dentro de un par de horas juegan Independiente y Rosario Central.

-Vos sos del Rojo…

Fue más una afirmación que una pregunta.

-Así es.

-Como mi papá. Por él soy de Independiente, es mi manera de homenajearlo, por eso también me encantó venir a vivir justo acá… las veces que me trajo a esta cancha... ¿sabés una cosa? a mi viejo sólo lo veía llorar cuando Independiente salía campeón, siempre decía que no vale la pena llorar por el dolor, que solo se llora de alegría.

-¿No me digas? Era un sabio... así que sos del Rojo... o sea, bailás en el cabarute, me traés a dormir a tu casa, preparás milanesas con papas fritas, a lo mejor cantás el tango como ninguna… así que ya está decidido, loca: mañana nos casamos.

-Si las cosas fueran así de fáciles, ¿no? -dijo melancólica, mientras con mucha cancha daba vuelta una milanesa.

-Claro que las cosas son fáciles, los complicados somos nosotros.

-Pero si somos precisamente nosotros los que producimos las cosas.

-Nosotros no hacemos porque no somos, las cosas simplemente nos suceden…

-¿Eh?

-Bueno, dejalo así -dije con sabiduría prestada por el maestro Gurdjieff.

Al rato fue al baño, me levanté sabiendo perfectamente que debía hacer algo, pero sin saber qué. Malena volvió enseguida metida en un cortísimo camisón azul transparente que arrojaba flechas envenenadas. Me tomó de la mano sonriendo pícaramente, para conducir la lenta marcha hacia la tierra prometida. Dijo que quería desvestirme y de inmediato pidió que dejara todo en sus manos. Asumí el rol de amo sumiso y parecía no extrañar nada el mundo de los perdedores. El lenguaje de la evidencia estaba allí, celebrando mis urgencias. Ella mostraba descarnadamente una lógica de variación y repetición que inventaba en ese momento, sobre esa piel, a manera de ley de juego de la perversión. Era poesía esa mujer recostada, arrojando con displicencia sus cabellos sobre una almohada habitada por espasmos, alargando sus dedos por debajo de mi ombligo a la búsqueda de mi propio barómetro de la verdad. Circularon una batería de conmociones, soltaron alocadamente los fantasmas que convivían bajo su camisón mientras yo disfrutaba a pleno dejándole las preguntas a Sócrates. Mis manos se pegaron a las tetas que ella puso sobre mí al tiempo que empezaba a montarme con ritmo de blues. El modo de moverse tiene algo de tensión y luego de suspensión. Ingresaba en su concha como palpando en la piel aquello que está más allá de la línea de la definición.

 Quizá esa noche empecé a comprender la universalidad de la mujer, porque sentí que lo recorrido no era un país sino un planeta. Malena hacía creer en la fenomenología de lo interminable, lograba que suceda a la vez la belleza y la experiencia de la belleza. En cada exhalación parecía relajarse más, al tiempo que su universo de transmisores se trasladaba serpenteando rumbo al universo de mis receptores.

 

Cada tanto pronunciaba ese “ahhh” que transporta, el anuncio de una transformación de la realidad, como una lenta descripción de lo caótico. Me apretaba con sus manos deseosas exigiendo la desaparición de los pocos fundamentos racionales que quedaban por allí.

Los días fueron pasando y nuestra relación parecía ser algo atemporal. A ella se la veía tranquila disfrutando de una compañía casi inocente. Malena frente a mí podía bajar la guardia, mientras yo empezaba a mostrar cierta seguridad en mí mismo que nunca había sentido. Como si supiera que de ahí en más recién podría responder afirmativamente cuando alguien me preguntara si había estado con una mujer.

Por ella, o a través de ella, lograba reencontrarme con un nuevo lugar en mi mundo remoto. Hablábamos mucho y de temas variados, pero la gran virtud residía en esa tremenda cojida que venía después, ese festival de deseos consumados que fijaba con un pegamento irreductible todo lo aprendido. No dudo en que esos fueron los días en que recorrí más planetas, en algunos había palabras, en otros, sencillamente estremecimientos y gestos nuevos.

Una cosa que recuerdo perfectamente es lo bien que la pasábamos los sábados. Al mediodía, religiosamente almorzábamos en “El Puentecito”, un bodegón de otra época en la calle Vieytes, frente al viejo puente Pueyrredón. Hacíamos la digestión caminando por esas calles de Barracas en donde uno se percibe vulnerable, al alcance de las visiones perdidas que sueñan con un regreso aunque sea fugaz. Malena caminaba dejando bailar su pelo, soltando un perfume con matices de miel, de tierra húmeda, de madera antigua. Lo llevaba suelto, como si no quisiera domesticarlo, y a veces un mechón rebelde se le deslizaba sobre el rostro, obligándola a apartarlo con un gesto distraído. Tenía la piel suave, de un tono apenas dorado, como si guardara el recuerdo de algún verano persistente. Sus facciones no eran perfectas en el sentido clásico, pero había en ellas una armonía viva, una expresión que cambiaba con cada emoción. Sus labios, llenos y naturalmente curvados, parecían estar siempre a punto de decir algo o de sonreír con intención.


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