MALENA
MALENA
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abía conseguido un nuevo trabajo. De viernes a domingo
integraba, como guitarrista, el grupo estable del cabaret Mimo`s. Los dos
primeros fines de semana reemplacé a un tipo que conocía de la Escuela de Jazz,
luego, cuando se le complicaron los horarios, quedé fijo. El local estaba
ubicado frente a la plaza de los Dos Congresos. En el primer piso de la galería
que está sobre la avenida Rivadavia, cueva de las más conocidas en zona
céntrica por tener un paraguas policial. Hacíamos temas livianos mientras las
chicas los versionaban en strip-tease, al mejor estilo tercer mundo, con
algunas excepciones, claro. Si bien a nadie le interesaba lo nuestro, creo que
la poesía rondaba detrás de esas minas que, noche tras noche, llamaban a una
multitud de fantasmas. El cuerpo de la mujer como único camino hacia el
asombro.
Yo tenía veinte
años, una Fender Telecaster, sed de noches viciosas y avidez por saber qué era
eso de recibir una paga por hacer mi trabajo real. Otros oficios ya me habían
visto pasar sin pena ni gloria con cierto exceso de indiferencia. El colegio secundario
empezaba ser un recuerdo confuso, y el futuro sólo una palabra nombrada de vez
en cuando por mi vieja o alguna que otra vecina en el almacén.
Tocar en un
cabaret, les puedo asegurar, es mucho más placentero que divagar inútilmente
por tareas mal pagas, ajenas, pendiente de algún pelotudo que, creyéndose el
dueño del Olimpo y rodeado de cagones, jamás se presentarán en el día de la
fuga.
Seguro
que mis veinte años tenían mucho que ver con esta visión optimista sobre el
presente, lo percibía cada noche al ver la cara de mis compañeros de grupo.
Tipos de cuarenta y pico, agobiados de mostrarse frente a seres tan poco
enigmáticos, confirmando que era tarde para salir y entonces se debía aguantar,
sin saber por qué ni hasta cuándo, porque lo único importante era aguantar. Esa
puta costumbre judeocristiana de autocondenarse porque sí, porque lo dice
alguien más viejo que pone cara de saber de qué está hablando, o abre un libro
para perdedores y nos lee un párrafo desafortunado.
Cacho,
el baterista, podría decir que era la excepción. Se lo veía siempre feliz con
sus escobillas haciendo susurrar unos parches putañeros. Cuando llegué al
boliche, de inmediato comprobé que él era amigo de los dueños, de los empleados
y de las minas. Incluso llegué a pensar que formaba parte de la sociedad que regenteaba
el lugar. Sobre todo al verlo en más de una oportunidad, planificar con la
policía algún intercambio; o improvisando una mediación entre los dueños y
alguna minita disconforme. Se encargaba cada semana de cobrar y repartir entre
el resto de la banda el dinero sobrante, luego de cobrar una comisión jamás
confesada.
Estuve
casi cinco meses trabajando allí. En ese lapso hubo varios fines de semana en
los que llegué a cobrar una buena moneda dado que se llenaba de gente y como
laburábamos a porcentaje ese repunte llegó a mí bolsillo. Eso de tocar tres
noches por semana es un muy buen entrenamiento para cualquier instrumentista.
Los temas generalmente eran standards de jazz, bossa o latino, eso significa
complejas armonías, melodías que inspiran, y un trabajo rítmico sólido. Pero lo
importante era que, mientras todo eso sucedía, yo estaba rodeado constantemente
de mujeres en su estado más primitivo y a la vez más creativo. Tres noches a la
semana para empacharme mirando culos, piernas, tetas, lenguas, conchas, y sin
embargo, cada mirada traía algo nuevo acerca de lo inexplicable. Cada cuerpo, cada
gesto, como un extraño planeta descubierto en el telescopio de un astrónomo deslumbrado.
Ellas saben que se las observa con deseo y son sabias a la hora de inventarse.
Pueden llevarlo a uno a pasear por las cornisas más prometedoras de Buenos
Aires pero jamás olvidarán el camino de vuelta y su tránsito en soledad. Nosotros
caeremos en algún tramo del regreso hartos de pensar sin ton ni son, sin
solución de continuidad. Es un boludo optimista quien cree
que no es boludo. La gran habilidad consiste en pasearnos por mundos que
ocultan entre sus piernas, para regresarnos siempre a este, como para que
eternamente seamos sus pasajeros predilectos. Uno siempre está parado frente a
las mujeres en calidad de impaciente, al menos los pibes como yo.
Durante
aquellos días pude conocer a casi todas las chicas, y no tan chicas, que
pasaron por allí, en especial las que formaban parte del elenco estable. Con
algunas llegué a desarrollar una especie de amistad, o esa relación extraña que
se tiene con personas con las cuales uno cojería, si se presentara la
oportunidad. Conocí sus rutinas, barrios, parejas sugestivas, parte de sus
historias, o algunas de las rutas que llevan a una vida heroica. Hubo una entre
todas que nunca voy a poder olvidar, ni tampoco
quiero hacerlo: Malena, la hija tan deseada de un tanguero de posta. Realmente
se encariñó conmigo, despertando, de esta forma, un sentimiento desconocido
hasta ese momento.
Ni bien
llegué a Mimo`s tuve la sensación de que ella ya
había decidido ser mi ángel de la guarda; creo que desde mucho antes de
conocerme ella necesitaba proteger a alguien de algo que aún temía. Lo confesó
una mañana en el bar Carlos Gardel, de Independencia y Entre Ríos. Aquella
mañana de domingo me encontraba casi bañado en alcohol, colgaban de mí las
fantasías y fantasmas que la situación dispone arbitrariamente. La última
entrada que hicimos en el boliche me demandó un esfuerzo tremendo. Hasta
recuerdo que al terminar tardé más de la cuenta en dar con el estuche de la
viola. Podía comprender perfectamente lo que sucedía a mi alrededor, y no
estaba sofocando ningún tipo de pena, simplemente las cosas se fueron dando así
y con ella como testigo.
Pero
Malena necesitó diseñar una puesta en escena diferente que le permitiera
mostrar una cara escondida, y no me negué. Haciéndolo, ella era feliz y yo no
perdía nada. Me dejé llevar porque planteaba un recorrido al amparo de las
inquietudes. Yo no era feliz pero ya tenía aprendida la lección y sólo buscaba
buenos momentos. Confesé tener poco para olvidar, algunas cosas para recordar y
mucho por conocer, por eso tocaba la guitarra en un lugar así, en donde la vida
cuelga de bombachas místicas y corpiños heroicos. Simplemente yo había elegido
una platea desde donde poder avistar una vida más valiente, más bizarra, con
olor a sexo, y no al puto Old Spice de las nueve de la mañana del subte B.
Salimos del bar y nos fuimos a su casa en Avellaneda.
Al
yuyo del suburbio su voz perfuma, Malena ahora no tiene pena de bandoneón.
Vivía en
un departamento de tres ambientes en los monoblocks que están frente a la
cancha de Independiente de América. Ni bien llegamos me mandó al baño; según
dijo, una ducha propone dormir más relajado. Por suerte no estaba en
condiciones de contradecir a nadie. Me recosté en la bañera como pidiendo
permiso, porque tanto maternalismo inhibe un poco, ¿sabés?
Creo que
tardé más de la cuenta en eso de enjabonarme, perdí el jabón y el desodorante,
pero bueno, no es lo importante. Una vez en la cama, mientras conciliaba el
sueño, vi a Malena tomar mis ropas y llevarlas al balcón, en donde estaba el
lavadero. Mi voz se esforzó por no ser un lamento y entonó como pudo:
Sólo
sé que al rumor de tus tangos, Malena, te siento más buena, más buena que yo.
Su
cabello castaño se deslizaba por la espalda como una sombra tibia, rozándole la
piel con una suavidad que parecía intencional. Cada vez que se movía, ese
vaivén lento dibujaba una cadencia hipnótica, como si su cuerpo hablara un
lenguaje propio, silencioso y provocador. Había algo en su manera de habitar el
cuerpo que desarmaba. No era solo la forma —las curvas insinuadas bajo la ropa,
la línea delicada del cuello, la tensión suave de sus hombros—, sino la
conciencia de sí misma. Como si supiera exactamente el efecto que producía y
eligiera, sin apuro, cuándo revelarlo. Sus ojos —profundos, oscuros— tenían ese
brillo difícil de nombrar, una mezcla de curiosidad y promesa. No miraba:
sostenía la mirada, como si supiera algo que los demás aún no. Y en esa forma
de mirar había una sensualidad sutil, más cercana a un secreto que a una
exhibición. Sus labios, apenas entreabiertos, retenían el aire como si cada
respiración fuera un secreto compartido. Y cuando sonreía —si es que lo hacía—
no era un acto completo, dejaba siempre algo sin entregar, un resto de misterio
que invitaba a acercarse un poco más. Pero eran sus ojos los que terminaban de
encenderlo todo. Oscuros, brillantes, con ese fulgor que no se sostiene
demasiado tiempo sin sentir que algo se desordena por dentro. No miraba de
paso, demoraba la mirada, la hacía pesar, volviéndola casi física. Había calor
en ella. No un fuego evidente sino uno contenido, persistente, que parecía
vivir justo debajo de la piel. En la forma en que se movía, en cómo dejaba que
el silencio se estirara entre palabra y palabra, en esa pausa precisa antes de
apartarse… o de acercarse. Tenía veinticinco años, sí. Pero su sensualidad no
era joven ni nueva, era algo ya aprendido, afinado, casi peligroso.
Me
llevaba unos años, pero la diferencia cuasi cronológica estaba en lo vivido, en
lo guardado sigilosamente. En ese sentido me doblaba. Yo no era un inocente ni
mucho menos, pero ese tipo de mujeres multiplican los años con una tabla
extraña, llevando a los matemáticos al papelón. Se marca en sus caras, sus
piernas, sobre todo cuando pasan los cuarenta. De cualquier modo, ya sus tangos
a esa altura eran criaturas abandonadas... con demasiadas batallas sin
resultado a la vista. Rayaba el mundo cubierta de soledades, separaciones,
huidas y reencuentros fallidos, que poblaban un mapa de metáforas incurables. Sus
ojos tomaron nota de cada una de esas infamias. Mostraban que sabían viajar del
misterio a la incertidumbre, sin exigir razones, sabiendo que iban quedando
lejos algunas maldiciones.
Trabajaba
en la noche desde los 18 años, lo que a esta altura del partido representaba
toda una vida. Los primeros tiempos la encontraron recorriendo aburridamente
distintos prostíbulos de la ruta 9 hasta que un cafishio la presentó como
bailarina en un cabaret de Rosario. Allí vivió de prestado un par de años y lo
vivido no fue otra cosa que una marca más en su escudo de armas. Cuando mataron
al cafishio, por un ajuste de cuentas jamás aclarado, decidió volver de
inmediato a Buenos Aires, por si las moscas, y, de paso, seguir con eso de los
shows. Pero acá se encontró con una competencia tan feroz como desigual que
demandaba mayor sacrificio, pero a cambio de una menor remuneración. Entonces
no lo pensó dos veces y volvió a yirar. Su juventud, experimentada en los
fuegos más astutos, fue la llave para el desplume de más de un gil. Hizo una
carrera corta y fructífera. Tiempo después, gracias a los contactos de un
cliente propietario de una inmobiliaria, alquiló un departamento y salió de las
pensiones. Ahora hacía shows más cerca del sarcasmo que de lo erótico sólo los
sábados y domingos, con dos entradas cortas que significaban los puntos más
altos de la noche. Los demás días a veces los trabajaba, de taquito y sin
despeinarse, en la barra, mirando las inseguridades y los tormentos de chabones
de clase media. De lunes a viernes
atendía su propia cartera de clientes, a manera de mantenimiento, y
generalmente después del mediodía. La juventud de su cuerpo, sumada a una
experiencia atravesada con elegancia, reafirmaba una cotización interesante. La mayoría de sus clientes eran empresarios medianos del
conurba sur. Otros, abogados de corta carrera, listos para un zarpazo demorado.
El resto, infelices dueños de negocios ubicados en la zona de Tribunales. Todos
tipos casados, cobardes desbordados por amores contrariados, vergonzantes,
condenas silenciosas que destapaban tímidamente al amparo de daños jamás reconocidos.
Cuando desperté, era alrededor de
las dos de la tarde de aquel domingo y en el aire se olía a fritura. Fui rumbo
a la cocina, allí estaba Malena preparando milanesas con papas fritas. Las
colocaba prolijamente dentro de una fuente forrada en papel madera para
sacarles el aceite. Me quedé apoyado sobre el marco de la puerta observándola
en silencio. Tenía puesto un vaquero nuevo, ajustadísimo. El culo se veía
sencillamente perfecto, maravilloso, de esos con los que uno se imagina a sí
mismo de guardapolvo blanco, frente al
curso, y que con extrema seguridad lo señala diciendo: “chicos, esto es un
culo”. Una remera roja de fino piqué se iba por debajo de sus cabellos
castaños, con claritos de peluquería, metiéndose sin arrugas dentro del
pantalón. Realmente era un homenaje a la perfección la relación entre su cadera
y la cintura. La mirada ascendía por una espalda delicada y, de inmediato, un
pelo sugestivo erotizaba sin avisar. Un diseñador de categoría dibujó sus
piernas de medida exacta como para sorprender y admirar. Avancé hacia ella tratando
de disimular mi cuota de baboso. Era joven y aun solía ser irrespetuoso de las
dinámicas que no conocía. Activó el viejo tercer ojo, entonces no tardó en percibir
mi presencia.
-¿Dormiste
bien?
-Sin
sobresaltos.
-Acá es muy
tranquilo. Eso sí, dentro de un rato empieza el quilombo, los gritos, por la
gente de la cancha ¿viste?
-Ah, sí,
dentro de un par de horas juegan Independiente y Rosario Central.
-Vos sos del
Rojo…
Fue más una
afirmación que una pregunta.
-Así es.
-Como mi
papá. Por él soy de Independiente, es mi manera de homenajearlo, por eso
también me encantó venir a vivir justo acá… las veces que me trajo a esta
cancha... ¿sabés una cosa? a mi viejo sólo lo veía llorar cuando Independiente
salía campeón, siempre decía que no vale la pena llorar por el dolor, que solo
se llora de alegría.
-¿No me
digas? Era un sabio... así que sos del Rojo... o sea, bailás en el cabarute, me
traés a dormir a tu casa, preparás milanesas con papas fritas, a lo mejor
cantás el tango como ninguna… así que ya está decidido, loca: mañana nos
casamos.
-Si las
cosas fueran así de fáciles, ¿no? -dijo melancólica, mientras con mucha cancha daba
vuelta una milanesa.
-Claro que
las cosas son fáciles, los complicados somos nosotros.
-Pero si
somos precisamente nosotros los que producimos las cosas.
-Nosotros no
hacemos porque no somos, las cosas simplemente nos suceden…
-¿Eh?
-Bueno,
dejalo así -dije con sabiduría prestada por el maestro Gurdjieff.
Estiré con prolijidad el mantel estilo escocés sobre
la mesa. Puse los platos Hartford, de esos reservados para las visitas, en el
lugar correspondiente. Acomodé los cubiertos, dos copas de vidrio y servilletas
rojas. Abrí el San Felipe tinto, que hacía las veces de centro de mesa, serví
un poco con vistas a un brindis que venía pidiendo pista. Estábamos felices
porque nos ayudábamos a descubrir que saber conformarse con poco no es ser
conformista, es un paso hacia adelante rumbo al club de los sabihondos.
Ella distaba mucho de ser la que yo veía en el cabaret
tirando dardos a diestra y siniestra. Ni siquiera tenía aspecto de cabaret
porque su belleza, ahora, se mostraba sobria, segura de sí misma, sin poses ni
ropa de circo sexópata. De cualquier forma no me resultaba fácil relacionarme
con ella. Más allá de su dulzura, sencillez, o la espontaneidad de sus gestos,
no podía dejar de notar su condición de mujer que está de vuelta, y a eso hay
que darle tiempo. Cuando uno es pendejo está
acostumbrado a los juegos tontos de poder que se plantean alrededor de una
seducción habitual. Pero cuando se encuentra frente a mujeres del tipo de
Malena no sabe cómo sacarse de encima todo ese paquete inútil, y por lo general
desentona y se va de tiempo. Al enfrentar a una mujer a la que se supera en
experiencia sexual, uno se queda tranquilo, para eso nos entrenaron, o al menos
para imaginarlo. Pero cuando la situación se invierte, todo es incómodo, como
si no se lo perdonara. También aflora el miedo, el sentirse examinado y después
reprobado, aunque la mina no lo diga, porque hay tantos en la lista que son
varios los que nos superan, lo cual siempre es una mala noticia para nuestra
pobre mentalidad antigua, algo enferma y de acomplejado.
Ahora yo me pregunto, ¿cómo carajo hace uno para no
caer en la tentación de temer a las comparaciones? Uno se hace el gil jugándola
de superado, pero eso es solo una máscara falsa, nunca sabemos si mentimos
bien. Jamás vamos a saber si la mujer nos está comparando o no, y menos aún,
conocer el resultado de esa contienda imaginaria. Así que tardé muchos años en
aprender a disfrutar de esa forma de relación dispar.
Almorzamos en medio de un microclima bárbaro, con ese
sol de domingo que hace tan visible a la resaca. Si hubo algo de lo cual tomé
nota mientras sucedía fue la ausencia de referencias o preguntas con respecto
al pasado. Parecía que todo lo conocido era eso que teníamos a mano. Recordamos
alguna que otra historia bajo la responsabilidad del autor, pero no pasaba de
un monólogo escueto o de simples comentarios que acompañaron al relato. Yo
andaba un poco intoxicado por tantas preguntas, pedidos de explicación,
crónicas sospechosas y demás formas de justificarse. Asuntos que representan la
moneda de cambio para encarar cualquier intento de comunicación con el resto de
los mortales. Ella parecía decidida a eternizar el presente. Por eso tuve la
impresión de estar frente a una persona sin planes, o al menos sin una ruta fija,
lo cual me dio más libertad para comunicarme. Estoy seguro de que Malena puso
en circulación una realidad subjetiva que de inmediato desarmó lo que podría
haber sido una táctica común de mi parte: salir en plan antropólogo para
investigar el mundo de una puta. En verdad, mi impresión no era de sorpresa
sino de admiración. Ella representaba una fantasía con la que yo convivía tres
noches a la semana y la veía comportarse de una manera tan original, con
respecto a mis visiones de superficie, que hasta me llevó a idealizarla. Además
se instaló el tema de la seducción sexual desde el vamos, porque graficaba un
tipo de mujer que yo deseaba conocer. Habitante de un mundo con tanta historia
en la vida del hombre que, cuando uno quiere acordarse, se transforma en una
novedad sin fecha de vencimiento.
Siempre tuve un gran respeto por las putas. Sobre todo
por aquellas que lo viven con elegancia, con sabiduría, dotadas de una
capacidad para transmitir emociones que harían sonrojar a más de un maestro del
conocimiento. Hay tipos que se vanaglorian de nunca haber pagado por sexo, y no
me parece un motivo para sentirse orgulloso; es más, les puedo asegurar que ahí
tienen una deuda con la Ilustración. No lo digo por la experiencia capitalista
de pagar y exigir, sino por descubrir otro universo femenino respondiendo al
patriarcado. De cualquier manera hablo de las mujeres como Malena, una
cuentapropista, lejos del cuadro triste y explotador de los prostíbulos. De
esos puteríos de las rutas donde ves chicas de pocos años que fueron arrancadas
de sus casas por la industria de la trata, con la anuencia de la policía, de
los jueces, de los que eligen la ceguera por vocación de turros. Qué tremendo
los tipos que juegan ese juego de ir a uno de esos lugares ruteros y piden una
nena, los que le cumplen el pedido y los que están viendo esa masacre de la
inocencia. Cuántos que se ponen de acuerdo para ignorar eso que les parece que
solo perjudica a las mujeres.
El de Malena, en cambio, era un mundo muy chiquito,
son muy pocas las mujeres que se mueven por el costado de la explotación. Al escucharla, uno no sabía si estaba frente a una consecuencia desesperada, o a un relato de
justificaciones. Probablemente era esto último lo que parecía hipnotizar, pero
ese encanto duraba poco.
Ese domingo significó ir juntos a la cancha, ver ganar
ajustadamente al Rojo dos a uno, con un show corto del genio de Bochini, volver
con una docena de facturas para el mate y por la noche salir con rumbo al
cabaret. Llegamos por separado y en ningún momento demostramos nada de lo que
habíamos disfrutado. Tal secreto no estaba planificado, simplemente pintó de
una y estuvo bien.
La noche estuvo movida. Cuando Valeria finalizaba el
primer show, una salteña pechugona que armaba revuelo por sus enormes tetas
tuvo una crisis de nervios y se llamó de inmediato a un afortunado médico que
se la pasó refregando el estetoscopio por los pezones de la mina, enormes por
cierto. Minutos después, un gordo mendocino, viajante de comercio que aparecía
por el boliche todo un fin de semana una vez al mes, se prendió a la botella
más de la cuenta y le pegó un par de cachetazos a un cliente por alguna razón
personal que no trascendió. Trataron de calmarlo mientras lo bajaban a la
calle. Pero una vez allí armó otro
escándalo y los policías que custodian la galería, al tratar de detenerlo,
rompieron la vidriera de una cerrajería. Ahí no terminó todo: uno de los dueños
sufrió un choque mientras venía hacia el cabaret y, si bien no fue grave, dio
lugar al rumor de la existencia de cierto tipo de conspiración pergeñada por un
ex socio, que ahora hacía negocios inmobiliarios con los militares.
En medio de semejante cuadro, Malena salió a escena.
Bailó con música de Jobim, y como siempre lo terminó de espaldas, con la cabeza
gacha, protegiendo los sueños de todos, exhibiendo ese tan envidiado hilito que
se escabullía por entre sus nalgas, diseñado especialmente para engatusar a la tristeza.
Mientras tocaba me di cuenta que a pesar de haber
pasado todo el día junto a ella no mostré sentimientos nuevos, ni siquiera la
lógica soberbia en los gestos por pensar que esa mujer tenía planes para mí.
Sabía que, de no mediar la presencia de algún cliente poderoso, iba a pasar la
noche en Avellaneda, un lugar en donde supuestamente tendría que jugar de
local.
Pero todavía en mi cabeza retumbaban las insistentes
voces de la sorpresa, demorando la llegada de los siempre aburridos
pensamientos lógicos. Quizá por esa sencilla razón mi reacción no era la
imaginada para un pibe de Villa Crespo en las puertas del cielo. La noche se
fue con el apuro imaginable y tonto de los lunes por la madrugada, y por uno de
sus costados oscuros iba junto a Malena por la avenida Entre Ríos, aunque sólo
lo suficiente hasta dar con un taxi.
Con las primeras pruebas de la mañana fuimos llegando
a Avellaneda. El puente Pueyrredón estiraba sobre el Riachuelo un insomnio
díscolo, el tachero se permitía soñar al contarnos que su mujer estaba
embarazada y que éramos los primeros pasajeros en saberlo. Una buena noticia es
siempre un golpe liviano de la felicidad. Miraba un trozo de su cara en el
espejo retrovisor sabiendo que la vida estaba pasando por ahí, con semejante
noticia. Entramos al departamento. Sobre la mesa el paquete de facturas
domingueras esperaba otra vuelta de mate. Nos quedamos un rato hablando acerca
de todo el quilombo que se armó esa noche en el boliche, teorizando en forma
casera y como para cumplir. En mi caso fue como retener la pelota en el mediocampo con bastante de toque intrascendente. El arco de
enfrente me quedó lejos, solo, en el horizonte, veía a los delanteros.
Al rato fue al
baño, me levanté sabiendo perfectamente que debía hacer algo, pero sin saber
qué. Malena volvió enseguida metida en un cortísimo camisón azul transparente
que arrojaba flechas envenenadas. Me tomó de la mano sonriendo pícaramente, para
conducir la lenta marcha hacia la tierra prometida. Dijo que quería desvestirme
y de inmediato pidió que dejara todo en sus manos. Asumí el rol de amo sumiso y
parecía no extrañar nada el mundo de los perdedores. El lenguaje de la
evidencia estaba allí, celebrando mis urgencias. Ella mostraba descarnadamente
una lógica de variación y repetición que inventaba en ese momento, sobre esa
piel, a manera de ley de juego de la perversión. Era poesía esa mujer
recostada, arrojando con displicencia sus cabellos sobre una almohada habitada
por espasmos, alargando sus dedos por debajo de mi ombligo a la búsqueda de mi
propio barómetro de la verdad. Circularon una batería de conmociones, soltaron
alocadamente los fantasmas que convivían bajo su camisón mientras yo disfrutaba
a pleno dejándole las preguntas a Sócrates. Mis manos se pegaron a las tetas
que ella puso sobre mí al tiempo que empezaba a montarme con ritmo de blues. El
modo de moverse tiene algo de tensión y luego de suspensión. Ingresaba en su
concha como palpando en la piel aquello que está más allá de la línea de la
definición.
Quizá esa noche empecé a comprender la
universalidad de la mujer, porque sentí que lo recorrido no era un país sino un
planeta. Malena hacía creer en la fenomenología de lo interminable, lograba que
suceda a la vez la belleza y la experiencia de la belleza. En cada exhalación
parecía relajarse más, al tiempo que su universo de transmisores se trasladaba
serpenteando rumbo al universo de mis receptores.
Era la primera vez que cojía con una mujer que me
superaba ampliamente y en todos los sectores de la cancha. En los encuentros
anteriores, con otras mujeres, percibí un aprendizaje mutuo, de un hermoso y
tímido cruce de información en pos de descubrir un nuevo continente que a la
vez era propio, o de marcar el paso con humilde orgullo barrial, pero esto era
ignorado. En esta oportunidad, Malena mostró una cara desconocida hasta ese
momento por mí en materia de sexo: la libertad de gozar sin pensar en otra cosa
que no sea el goce mismo. Nunca voy a olvidar aquello que en un determinado
momento me paralizó: encontrarme en una situación placentera sin pensar en
nada. Fue algo insólito, novedoso. Siempre me vi como un tipo que jamás paraba
de pensar. Más allá de establecer una calidad del pensamiento, me refiero a esa
idea de que la serie de pensamientos que se generan nunca se va a detener. Ya
había pasado por meditaciones, clases de yoga, diversos tipos de inducciones para dejar la mente en blanco, y nada.
Cada tanto
pronunciaba ese “ahhh” que transporta, el anuncio de una transformación de la
realidad, como una lenta descripción de lo caótico. Me apretaba con sus manos
deseosas exigiendo la desaparición de los pocos fundamentos racionales que
quedaban por allí.
Cuando se puso de rodillas, inclinando medio cuerpo
hacia delante, mientras decía ofrecerme sus dos cuevitas mágicas, lo que en el
barrio conocíamos como “Piccollina”, pensé que era el final de mi corta
carrera. Lamentablemente uno se ha puesto a prueba en situaciones de
humillación, en peleas, discusiones, abandonos, y lo ha podido superar, pero no
sabemos cómo será el momento después del goce máximo, la incertidumbre que
inventa el deleite. Al atravesar el límite demarcado por los otros e ingresar
en el territorio de la locura, uno se siente desprotegido porque para esas
cosas no hay entrenamiento, ni siquiera información superficial. Estamos solos,
sin estructuras, frente al mundo de las alucinaciones placenteras. En un punto
eso es bueno, pero en otro es trágico. Habla de una educación encaprichada en
mostrar sólo mapas de territorios en tensión.
Cuando todas las puertas están cerradas y ladran los
fantasmas de la canción.
Sobre una muy antigua cómoda se apoyaba un no menos
anticuado espejo biselado. Su parte superior estaba volcada hacia delante y me
dejó ver mucho mejor la imagen que yo deseaba mirar, y así me quedé unos
minutos en estado de contemplación, refugiado en la exaltación de las pasiones.
Aquieté lo que tuve al alcance, como esperando el rumor de una leyenda. Cerré
los ojos, pensé que estaba construyendo un
bocho nuevo, como empezando a ser otro. Fue la noche en la que descubrí que uno
es atravesado por varias transformaciones. Alguien o algo nos ayudan a producir
una implosión, poniendo en jaque lo que somos, dependiendo de la pelea entre la
resistencia y la aceptación.
II
-¿Qué hacía tu viejo?
- Uh, mi viejo, era un personaje tan divino… Era
representante de artistas. De cantantes tangueros, alguna que otra orquesta,
pero lo de él, más que otra cosa, era
manejar cantores. Mi viejo era un tanguero de ley, con el mundo tanguero
encima, sus códigos, el lenguaje, imaginate un tipo fanático de Gardel, de
Troilo, que laburaba en un banco y que un día lunes se despierta a la mañana,
como todos los días, se pega un baño, se viste, y cuando va a la cocina y se
sienta con mi vieja a desayunar le dice: “Llego al laburo y me despido del
banco, pero no sólo del banco Provincia, me despido del laburo en relación de
dependencia...”.
-Tu vieja se quiso matar...
-Mi vieja estaba tan loca como él... le dijo: “Bueno,
avisale a Gentile, no lo dejés pagando”.
-¿Era un tipo del banco?
-Un gerente, casualmente fue el que lo hizo entrar. Mi
vieja le dijo que estaba con él a muerte, que si a él le venía mejor así, que
lo hiciera. Es más, se vistió y lo acompañó hasta el banco para renunciar.
Llegaron a la sucursal, mi viejo se despidió de cada uno de sus compañeros, de
los gerentes, y se fueron al bar “Los 36 Billares” a planificar cómo seguir.
-¿Pero tu viejo tenía alguna para hacer?
-Mirá, él siempre fantaseaba con representar artistas,
ayudarlos a que recorran los barrios, que cobren bien, que aparezcan en radio
seguido, pensaba que de esa manera ayudaba a eternizar el tango, pero nunca
había hecho nada serio en ese tema, simplemente favores porque conocía a mucha
gente de la noche, de las radios, de los sellos, mi viejo era un tipo muy
entrador. Su faro era el tango, y, como ellos bailaban muy bien, recorrían
milongas, bares y así fueron conociendo gente del medio.
-Ah, pero tu viejo era un maestro y encima estaba del
tomate...
-Era un personaje, Flenin, uno más en el ambiente
tanguero, esa gente tiene una filosofía de vida, un recorrido sobre la marcha,
el tango es muchísimo más que un tipo de música, es gente que está en otra. Y
bueno, empezó a visitar boliches, conoció un par de cantantes y les ofreció sus
servicios. Te chamuyaba y te convencía de cualquier cosa, ¿eh? El primer tipo
copado que le dio bola fue un cantante que se llamaba Eduardo Marvezzi.
-Lo conozco, es el que compuso el tango “Antiguo reloj
de cobre”, un temazo, sí, sí. Lo vi una vez en El Farolito, una tanguería de
Villa Crespo.
-Ese mismo, un tipo que vivía por San Martín y que se
cantaba todo. Imaginate que mi viejo decía que cantaba sin micrófono, así se
movía libremente por entre las mesas, un capo. Lo que ayudaba era que mi viejo
sabía mucho de tango, conocía cantantes, orquestas, temas, autores, te contaba
anécdotas y con lujo de detalles. Conoció a Troilo, a Homero Manzi, a Celedonio Flores, a Cadícamo… es que además
de ir a ver tango, al bailar tan bien sabía sobresalir y hacerse notar. Con mi
vieja ganaron varios concursos. También jugaba muy bien al billar, y a tres
bandas... mis viejos se metían en todos esos lugares, eran tal para cuál y se
encontraron, algo que a mí todavía no me pasó.
-Eso sí que es arte puro, loca. Yo juego al billar,
pero a tres bandas ni en pedo... no entiendo cómo carajo arman la jugada con
tanta antelación, son geniales. ¿Tu viejo tocaba algún instrumento? Digo,
porque si le cabía tanto el tango y conocía a tipos capos...
- No... era súper tímido para eso. Cantaba muy bien,
afinaba y cantaba con onda, pero le ponías dos tipos enfrente y se le acababa
la batería, una lástima, la verdad, y a él eso le dolía, y no sabés cómo, pero
era más fuerte que él. Mi vieja le daba cuerda, pero nunca quiso arrancar.
-¿Vos te llamás Malena de posta, o es un nombre de
guerra?
-¡No, es mi nombre!, además tengo una historia de eso.
-¿Cuál?
-Mi viejo conoció
a Manzi, como te conté, y sabía la historia del tango, bah, de la letra.
-Uh, qué bueno eso, porque yo conozco los rumores que
circulan, pero andá a saber cuál es la posta, se dicen tantas cosas, así que
soy todo oídos.
-Mi viejo contaba que Homero estaba casado y que tuvo
un romance con una cantante, Nelly Omar, no sé si la conocés…
-Claro, ¡cómo no la voy a conocer! Una cantante
impresionante, que tuvo mucho quilombo con los milicos porque era peronista, y
eso le costó la carrera. A mis viejos les copa, le decían Gardel con pollera...
-Esa misma. Bueno, resulta que mi viejo le manejó
algunas cosas a Nelly, shows y papeles, ¿viste? Y cuando Manzi estaba
internado, que se estaba muriendo de cáncer, el pobre le dijo a un médico que
quería despedirse de Nelly. Entonces lo
fueron a buscar a mi viejo, que conocía a los dos y además era uno de los pocos
que sabía del fato entre ellos, lo de la dedicatoria del tango. Entonces mi
viejo la fue a buscar a la casa y la llevó a la clínica, todo así, de cayetano
¿no? La cuestión es que llegaron, Nelly entró sola y estuvo un toque con
Homero, porque con la familia de él estaba todo mal. Y no sabés lo que le dijo
Manzi, lo que le pidió…
Lo dijo con una cara de fascinación, como cuando se
está frente a algo tan novedoso como poético.
-Ni idea, de ahí en más no sé nada.
- Nelly se para al costado de la cama, le acaricia la
cabeza y él, con un hilito de voz, le susura: “Desnudate, déjame que te mire,
me quiero ir con el recuerdo de la belleza…”.
-¡Chau, loco… no se puede creer! Esto multiplica mi
fanatismo por Manzi, grandioso, poeta hasta el final.
-Cuando salió de la habitación, Nelly estaba
arruinada, hecha mierda, y le comentó a mi viejo que Homero todavía la llamaba
Malena, y que con el poco aire que le quedaba alcanzó a despedirse, mientras le
pedía disculpas por haberla metido en todo ese rollo, que para aquella época, imagínate…
una cantante curtiendo con un tipo casado en 1951 era “el pecado mortal”. Además
ella era muchos años menor que él. Y bueno, salieron de la clínica y, mientras
iban en un auto, mi viejo, que no sabía qué carajo hacer en medio de esa
tragedia oculta, le prometió a Nelly que si la criatura que llevaba en la panza
mi vieja era nena se iba a llamar Malena. Yo nací al mes, geminiana, y así fue
como me bautizaron.
-¿Y qué fue de tus viejos?
-Bueno, laburaron varios años con eso de los shows,
digo laburaron porque mi vieja le hacía la gamba, sobre todo porque mi viejo
para la guita era un descontrol. Vos le pedías y él te daba, siempre me decía
que la guita es como un puente, te lleva de un lugar a otro, pero ahí no te
podés quedar porque es como no estar en ninguna parte, hasta que una vez, en
una gira con un cantante y dos guitarristas por la Patagonia, volcaron con una
camioneta y se mataron todos. Fue allá por Río Gallegos, un desastre.
-¿Y vos?
-Yo estaba en el colegio y cuando me enteré me quise
morir... para colmo, qué sé yo, vienen y te dicen que tus viejos se mataron,
que ya pasó todo, que están trayendo los cajones y vos no entendés un carajo de
nada, nunca lo pude asumir, ni superar, ni nada, todo mal con eso, Flenin,
¿cómo hago? Me partieron al medio... yo con mis viejos tenía una onda increíble
y terminar así... ¿por qué?
-¿Tenés hermanos?
-No, soy hija única.
-Ahí estamos empatados. ¿y cómo siguió todo?
-Al toque me fui a vivir con mi abuela, la madre de mi
vieja, otro personaje que vivía en San Nicolás. Allá hice la escuela primaria.
Pero ni bien mi abuela murió me fui a la mierda. Enseguida conocí a Pedro, que
me llevó a laburar a los boliches de la ruta. Yo andaba como bola sin manija,
me podría haber anotado en cualquier cosa. Después apareció Oscar, que fue el
que me llevó a Rosario, hasta que se
pudrió todo y otra vez a Buenos Aires. Pero en ese momento me juré que la iba a
hacer diferente, me propuse jugar a cara de perro en eso de juntar plata, ya
estaba harta del trajín, de los bajones, de los quilombos con los tipos, de la
cana... como verás me pasé varios años rodando hasta que me pintó venir a
Buenos Aires. Pasé por varias pensiones y al tiempo logré alquilarle este
departamento a mi tía, amueblarlo todo completito, ponerlo lo que se dice de
primera, comprarme el terreno en San Vicente, ¿y sabés cómo pude juntar esa
guita?
-Ni idea.
-Y porque no me importaba un carajo de nada, no le
daba cabida a nadie, hacía la mía y le metía para adelante, y ni se me ocurrió
encariñarme con nadie o atarme a alguien, eso menos todavía, no es fácil
bancársela sola en esto, Flenin, pero no
sé si es algo que se pueda compartir sin joder o que te jodan, no sé... hasta
el día de hoy no lo tengo claro, entonces lo mejor es moverse todo el tiempo. Mirá, hasta creo que los tipos, cuando ven que te
movés todo el tiempo, se asustan y siguen de largo, y como eso a mí me sirve,
para qué los voy a contradecir, si acá la clave es no tratar de cambiar a
nadie. Una tiene que dejar que el tipo solo muestre el juego, porque si vos le
hacés la cabeza ya no es el tipo solo el que hace las cosas, es él y tu
manipulación, entonces tenés una realidad distorsionada, como un espejo con
cosas feas y tuyas, ya no podés ver lo que al tipo le sale, su naturaleza. Mirá,
para conocer a las personas lo mejor es soltarlas, así ves lo que hacen por sí
mismas y sabés dónde estás parada realmente. Por eso, ponete una mano en el
corazón y decime: ¿qué sentido tiene armar tu propia nebulosa? Por ahora, así,
sola, estoy bien, seguro que dentro de cinco años voy a querer hacer otra cosa,
otra vida, hace rato que estoy cansada, pero como estoy acostumbrada a todo
este circo y ya ni me afecta, me dedico a esperar. Por ahí un día de estos me
agarra la loca y planto todo, qué se yo.
De buenas a primeras pasé a integrar la planta
permanente de la casa de Malena. No resultó complicada la convivencia porque el
arte de combinar los horarios estaba a nuestro favor. Por las mañanas dormíamos
lejos de todo. Recién nos levantábamos al mediodía para almorzar algo liviano,
o simplemente tomábamos mate, no le dábamos mucha bola a la comida. Por la
tarde, alrededor de las tres, ella salía al encuentro de alguno de sus clientes
con quienes se comunicaba a eso de las doce para confirmar el horario del
service. Por mi parte, al tener la tarde libre, las dedicaba a estudiar en la
guitarra las cosas maravillosas que me mostraba el maestro Walter Malosetti. O
me iba al centro a recorrer casas de música, o simplemente salía a caminar por
el barrio o a fumar tranquilo, ya que la policía brillaba por su ausencia y
entonces podía pensar sin necesidad de ponerme paranoico. Algunas veces iba en
tren hasta Longchamps o a La Plata, bajaba por allá, daba unas vueltas por
alguna plaza, para luego volver más lúcido y obtener un mejor punto de
concentración. Todo me recibía mejor dentro mío y la organización que ensayaba
para el afuera pasaba a una base más protectora. Se hacía realidad esa idea tan
china como milenaria de que en el sur están las señales de lo femenino. Por lo
general, en el viaje de regreso ya me sentía capaz de soportar el mundo sin
caer bajo su influjo. De cualquier manera confieso que cuando recorría
Avellaneda creía percibir sus leyes fijas de existencia. Avellaneda es un sitio
particular. Hay una frontera allí que no queda clara y ya no se sabe cómo
definir el lugar, y eso me gusta. No es la Capital, pero tampoco tiene los
clichés del Gran Buenos Aires profundo, como si hubieran inventado una
escenografía propia que no los aleje de ninguno de esos lugares tan
influyentes. El conurbano tiene varias capas, no es un solo mapa. Lo que sucede
es que no es nada sencillo percibirlo, si uno solo lo atraviesa ve algo raro,
pero no lo comprende, sobre todo desde el tren. En ese sentido, el colectivo
hace todo mucho más claro, se mete en los barrios, muestra la gente, los
negocios, las esquinas, los rostros. El tren es para otra cosa, es un mambo más
de uno mismo acompañado por imágenes.
III
A eso de las 8 de la noche Malena regresaba. Por lo
general uno de los dos llegaba con algo liviano como para que la mini cena
apenas nos engañe el estómago. De lunes a jueves las noches eran largas, las
charlas entretenidas y los mimos un beso del cielo. Nos gustaba ir al cine y
después a comer pizza a Güerrín, el afamado templo de la avenida Corrientes.
También íbamos a Pipo a comer vermicellis y flan casero. Los fines de semana
alrededor de las diez ella preparaba su bolso de viaje nocturno mientras yo enfundaba
mi guitarra. La veía armar ese bolso de cuero caro, parecía de turista, y para
mí todo me recordaba a un rito. Doblaba prolijamente todas esas ropas para
encantar. Acomodaba con cierta candidez algunas pequeñas cositas que la
separaban del infierno. Y allí iba, pactando en el camino con dioses paganos.
Solidarios dioses que se frotaban las manos ansiosas por satisfacer una pila de
instintos atrasados, esas maravillas que el dios oficial se niega a pagar.
Una vez que entrábamos al boliche no quedaba otra cosa
que dejarse llevar por una serie de pasos rutinarios. La vida sólo se
despertaba cuando las luces bajaban su intensidad y alguien se enfrentaba cara
a cara con sus mejores representaciones. Del otro lado quedaban unos tipos a
los que todavía la noche les regalaba una licencia para soñar. Quizá fueron los
únicos quejosos que se presentaron frente a las ventanillas de reclamos de la
medianoche, y esta los haya premiado, aunque sea por su calidad de sobrevivientes.
Malena tenía sus cosas oscuras pero no hacía hincapié
en eso. Cargaba con algunas frustraciones incurables, esas que atraviesan el
alma dibujando una cicatriz interminable, detenida en el tiempo. Pero todos
esos rollos no caían sobre mí, no golpeaban la relación así porque sí, ni
servían como método de seducción o como justificativo de acciones miserables.
Ella sabía que el horizonte es solo una pintura lejana, que el destino es un
impostor. Su comportamiento tenía un faro, era la forma en que ella percibía la
realidad. Iba por los días llevando un secreto vacío, los cruzaba sonriendo de
modo sarcástico, como si una voz en tono
amenazante prometiera develar aquello que se esconde. Sabía jugar a la sirena
que con su canto cautivador lleva a los viajeros hasta el abismo, pero les
proveía una soga que los regrese a su mundo, a sus viajes que simulaban ser
ardientes. Cuando era yo el que escuchaba esa voz ella misma me ataba, se
aseguraba de que no cayera más allá de lo manejable, y cuando la distancia se
desvanecía me facilitaba una ilusión, esa que tiene atrapados a los que
esperan.
Yo sabía de la existencia de choques emotivos. Esas
pesadillas que parecen repetirse. El insomnio que aparece sujeto a una crisis
silenciosa. O ese dolor tras el recuerdo de un duro golpe en una parte del alma
que no podemos descifrar y que se va sin dejar rastros a la vista. Entonces
nunca podemos seguir su huella y nos ahogamos en una ceremonia conjuratoria de
lo más indeseable. Cada vez que ella se hundía en uno de esos estados oscuros
realizaba algún rito secreto, movimientos repetidos o simplemente dejarse estar
en algún sector clave de la casa, todas situaciones en las que yo sólo
participaba con los oídos.
Los días fueron
pasando y nuestra relación parecía ser algo atemporal. A ella se la veía
tranquila disfrutando de una compañía casi inocente. Malena frente a mí podía
bajar la guardia, mientras yo empezaba a mostrar cierta seguridad en mí mismo
que nunca había sentido. Como si supiera que de ahí en más recién podría
responder afirmativamente cuando alguien me preguntara si había estado con una
mujer.
Por ella, o a
través de ella, lograba reencontrarme con un nuevo lugar en mi mundo remoto.
Hablábamos mucho y de temas variados, pero la gran virtud residía en esa
tremenda cojida que venía después, ese festival de deseos consumados que fijaba
con un pegamento irreductible todo lo aprendido. No dudo en que esos fueron los
días en que recorrí más planetas, en algunos había palabras, en otros, sencillamente
estremecimientos y gestos nuevos.
Una cosa que
recuerdo perfectamente es lo bien que la pasábamos los sábados. Al mediodía,
religiosamente almorzábamos en “El Puentecito”, un bodegón de otra época en la
calle Vieytes, frente al viejo puente Pueyrredón. Hacíamos la digestión
caminando por esas calles de Barracas en donde uno se percibe vulnerable, al
alcance de las visiones perdidas que sueñan con un regreso aunque sea fugaz. Malena
caminaba dejando bailar su pelo, soltando un perfume con matices de miel, de
tierra húmeda, de madera antigua. Lo llevaba suelto, como si no quisiera
domesticarlo, y a veces un mechón rebelde se le deslizaba sobre el rostro,
obligándola a apartarlo con un gesto distraído. Tenía la piel suave, de un tono
apenas dorado, como si guardara el recuerdo de algún verano persistente. Sus
facciones no eran perfectas en el sentido clásico, pero había en ellas una
armonía viva, una expresión que cambiaba con cada emoción. Sus labios, llenos y
naturalmente curvados, parecían estar siempre a punto de decir algo o de
sonreír con intención.
Las nubes sin límites, la suma de colores que se ve
por allí, la tibieza de su mano, parecían catapultar mis deseos de descubrir el
éxtasis de una puta vez. De regreso en casa nos recostábamos para ver las
películas inolvidables de Cine de Súper Acción, cosa que en realidad se
transformaba de inmediato en la música de fondo de nuestros polvos de largo
alcance. Es que eso de escuchar tiros, persecuciones y frenadas en plena cojida
produce orgasmos de alto riesgo, nunca me canso de recomendarlo.
Ella navegó todos mis mares. Iba descubriendo islas
desconocidas a las que yo les inventaba nombres con palabras inexistentes,
historias con finales abiertos, una geografía con parajes constantemente en
movimiento. Una melodía venía de lejos, se internaba de manera profunda cuando
su voz me nombraba, parecía llevarme del olvido al esplendor. Me dirigía hacia
un terreno desconocido, hacia mí mismo, un lugar que tenía la sensación de
haber sido negado, escondido, por un pasado que me retenía. Pasó un largo tiempo
hasta que al fin comprendí que todas las cosas importantes que uno sabe se las
debe a las mujeres.
Muchos años después, sentado en una milonga del barrio
de Palermo, viví una especie de aparición o algo así. Perdido en una de las
mesas solo me dedicaba a mirar. Sucede que la danza tanguera no es lo mío, y
para colmo veía parejas experimentadas en eso de sacudir su firulete. De pronto
sonó el tango "Malena". Una vez más constaté que la música es como
una boletería en la terminal de micros, donde uno puede conseguir pasajes hacia
muchos lugares. Algunas notas tienen la particularidad de transportarnos a una
velocidad supersónica. Además me pareció ver a Malena bailando entre la gente.
De inmediato convoqué a una de las chicas y fui hacia la pista a dibujar lo que
podía. Reconocí cierto temblor en mi cuerpo, una piel inquieta bajo la camisa
negra. Esto complicó a mis piernas aún más. Aparecí entre la gente, buscándola
con más desesperación que curiosidad. La orquesta parecía retumbar y la voz de
Fiorentino clamaba por la melancolía. ¿Malena bailará el tango como ninguna? ¿O
acaso aquel romance que solo nombro cuando me pongo triste con el alcohol? Las
parejas se movían al ritmo de la música mientras yo acentuaba otros tiempos,
creo que cambiaba las velocidades sin ton ni son, lo anímico estaba ahí para
conducirme. Una silueta familiar, el cabello con otro corte, una espalda
trabajada a golpes de desilusiones, todo se me insinuaba a dos metros de
distancia. Bailaba abrazado a la esperanza, la apretaba para tenerla cada vez
más cerca. Un corazón acelerado se batía a duelo con años de recuerdos, de
desarraigos. Pero la tristeza hizo su trabajo eterno y me fui quedando a solas
con un sueño roto. Estaba ahí, tan cerca como para reconocer el perfume y la
respiración, pero una vez más mis errores se reían de la ansiedad, bailaban
alrededor de un florero con esas flores que solo viven en mi cabeza, y no
crecen pero tampoco mueren, y yo seguí viviendo pero esperando. Mientras Troilo
soleaba magia en mano, la mujer sin nombre giró, mostrando que quizá los años
eran los mismos, pero no los de Malena.
El suspiro cayó sobre la pista y ella se alejó abrazada a un tipo con rostro
borroneado. Simulé que estaba ahí para bailar, la música hizo todo para
marcarme el rumbo, pero solo atiné a volver a la mesa. Hui hacia el baño, iba
rápido con el apuro de los enamorados. Sabía, eso sí, que en el espejo una
nueva cara de Malena me estaba esperando.


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