La clase proletarada va al paraiso
La clase proletarada va al paraíso
No sé por qué pero siempre fui propenso a la amistad con parejas. Hay
gente que le huye a este tipo de
relación justificándose mediante argumentos respetables. Otros les escapan por
miedo a dejar expuesta su eterna soledad. Por mi parte creo que, además de
brindar doble apoyo afectivo, la amistad con parejas hasta puede funcionar como cábala.
El matrimonio formado por Mónica y Alberto representaba una de mis
supersticiones favoritas, quizá por esa razón los visitaba con metódica
frecuencia. Por aquellos días organizaron fiestas en su casa a las que
concurría gente ligada a la militancia política de sectores progresistas, lo
cual era beneficioso para mis intereses político-sexuales. En una de ellas voy
a reparar dado que significó una noche inolvidable para mí.
Como casi todas aquellas
reuniones ocurrió un viernes por la noche. Llegué, y de inmediato fui capturado
por un clima universitario que crujía bajo mis pies. Subía desde el piso
alfombrado y penetraba por la piel como una aguja de acupuntura. Tanto Mónica,
psicóloga, como Alberto, sociólogo, mantenían contacto permanente con los
centros de estudiantes de esas dos facultades y de allí provenían la mayoría de
los invitados. Ella trabajaba en el hospital Durand, en cual era dirigente
gremial. Él cumplía funciones en el Ministerio de Salud y Acción Social como
asistente social. Un militante de la juventud peronista que venía de confabular
contra la dictadura desde la clandestinidad. Un verdadero cuadro. Tipo
imprescindible que pudo transitar del conventillo a la universidad con
naturalidad, jamás lo olvidó, poniendo conocimientos y experiencia al servicio
de la causa nacional y popular.
Conocí a Mónica en una
reunión de la JP de la circunscripción 15, en el barrio de Chacarita, un local
ubicado detrás del cementerio. Era una asidua estudiante de psicología que en
los ratos de ocio contaba que estaba tratando de engancharse con un sociólogo
recién recibido, de ideas políticas muy firmes, a quien admiraba. Con el correr
de los días trabamos una sólida amistad. Los dos éramos de acción y nos
sentíamos movilizados por la necesidad de luchar contra la dictadura que ya
tenía fecha de vencimiento. Coincidíamos en simpatizar por el peronismo, pero
apostándole más a la gente que a su siempre sospechosa dirigencia. Nos gustaba
la gente peronista del movimiento más que el Partido Justicialista.
En la noche de la fiesta, la
casa de los compañeros se había iluminado, diría, con un obsesivo fanatismo,
rayando en lo vulgar. La puesta en escena era típica de la época, me refiero a
grupos de la J.P izquierdosa, gente del partido Intransigente, que eran
mayoría; algunos rupturistas del MAS, tres del partido Obrero, que resultaron
más que suficientes, varios alfonsinistas esgrimiendo cierto estado de
descomposición, y otros más tímidos en el momento de dar a conocer su
ideología. Recuerdo que por ese entonces acunábamos a una recién nacida
democracia, hasta que se durmió soportando las aburridas canciones del
alfonsinato.
En la casona de San Telmo
sonaba música rockera, mechada de a ratos con reggaes de Bob Marley y Peter
Tosh. A eso de las doce ya habían
llegado a la fiesta una cantidad de invitados suficiente como para armar una buena
pachanga en la improvisada pista del comedor. Estudié la tribu ofertada
constatando la calidad del producto de clase media pensante, vaya uno a saber
en qué, pero pensante al fin. En el primer recorrido visual observé ese lomo de
buen color, jugoso, prometedor de aquel banquete romano. Colgaba de un gancho
en la góndola de los insatisfechos. Cruzamos miradas sugestivas dando paso a
cierta cautela necesaria en estos casos, esto sin ninguna duda, entusiasmó a
ambas partes. I saw her standing there
apoyada contra la biblioteca, justo se corrió una pareja para verla en su
magnitud. Allí empecé a tomar conciencia de su condición de potra infernal (es
decir, a asustarme). A pesar del golpe decidí invitarla a sacudir las psiquis.
Dio toda la sensación de alegrarse, en ese estado caminó unos pasos cortos al
mejor estilo de las princesas de los cuentos infantiles psicobolches.
Desabrochó la campera y
aproveché ese instante en que bajó la mirada para ser el fisgón más baboso de
sus tetas. Con los primeros movimientos entró en ritmo, una vez acomodada soltó
amarras, elevó el ancla y me empezó a enamorar.
Su conversación tenía una
fuerte carga de seducción, mostrando cierta audacia frente a la cual yo no
tenía una estrategia determinada. Este fue el primer porrazo que sufrí. Miraba
fijo a los ojos, casi como interrogando, ya sea al hablar o mientras bailaba.
Unos minutos después empecé
a pensar que todos estos movimientos respondían a alguna táctica, de manera que
lo mejor era estar preparado. Bajo su pulóver de Bremer azul bailoteaban las
tetas sin corpiño, quitándome concentración. Giró y bailó de espaldas. Esos
segundos fueron más que suficientes como para que yo compruebe la armonía de
ese cuerpo. Me pregunto cuál sería la figura jurídica. Lo tengo: “portación de
cuadril con el agravante, en concurso real, de ostentación y alevosía”. Esta
sirena entonaba su canción atrapante y era la mejor música para que bailen mis
ratones más perversos. Sí, sin ninguna duda estaba frente a una estratega.
-¿Cómo te llamás?
- Jésica... ¿ahora tengo que preguntar el tuyo?
- Bueno, mire, acá hay un reglamento que cumplir, si fuera por mí no habría
problemas... pero yo no decido... sólo cumplo órdenes...
- Acepto, ¿cómo te llamás?
- Escipión, el africano.
- Ah... me pareció verte cara conocida.
De golpe alguien bajó el volumen de la música, entonces escuchamos la voz
del anfitrión que simulaba ser un viejo locutor de bailes de carnaval:
-Compañeras y compañeros... ¡bienvenidos!, queda
inaugurada la jornada despedida de la utopía que supimos conseguir. Adiós
camperas verdes, pulóveres peruanos y morrales de campaña, banderas y bares,
protesta y creatividad. Coronados de democracia radical vivamos, o juremos con
soledad morir.
Nos unimos a los aplausos, a las caras asustadas por el anuncio de los
duros tiempos por venir, las frustraciones que ya hacían cola. Apareció otra
vez la música y quedamos en manos de los Rolling Stones bailando “Honky tonk
woman”. Temazo.
-¿A quién conocés acá?
-A Mónica, trabajamos juntas en el Durand, no en el mismo sector, pero como
pertenecemos a la misma agrupación gremial…
-¿Sos peronista?
-No, estoy en el PI.
-Ah, el afamado partido Intrascendente.
-Por la obviedad seguro sos de la JP.
-Soy Anarcoperonista, pero podemos decir que adhiero a cierto tipo de
peronismo.
-Uh... eso no sé si es producto de un delirio o una sanata lisa y llana,
pero bueno, no tengo ganas de ponerme a pensar, los sábados no atiendo, ¿vio?
-¿No me digas que sos psicóloga como Mónica?
-No, no. Lo único que puedo afirmar es que soy mujer... psicoanalista es mi
profesión... desarrollar una disciplina no significa “ser”.
Estuvo dura como para marcarme la cancha y clavarme el 1 a 0.
Comenzaron a aflorar los primeros porros. Por esa razón nos arrimamos a un
rincón del comedor en donde una hoguera llamaba a clase, entonces compartimos
uno. Allí puede decirse que sucedió la presentación oficial:
-Ah, ya sé quién sos vos... el famoso Flenin... Mónica te nombra seguido,
es buena propagandista de tus conceptos... ¿vos sos músico?
-Es mí profesión. Lo único que puedo afirmar es que soy un semidiós...
-Hace poco
estábamos en el hospital hablando sobre machismo o los tipos en general y
Mónica largó una idea tuya, que fue el comentario de la semana. Vos hablás de
una particular Santísima Trinidad, que estaría conformada por las mujeres, el
fútbol y la música... ¿no es así?
-Correcto.
-No sé si
vos le das un orden o...
-Pueden
turnarse el puesto de acuerdo a la circunstancia. El orden de los factores no
altera el producto de la locura que generan.
-Bueh…
-¿A vos te parecen vulgares esas tres cosas? Porque si es así tengo malas
noticias para vos, estás muy mal encaminada... o necesitás que te inventemos
discursos difíciles para hacerte creer que somos inteligentes...
Ambos nos tomábamos con humor y eso era una prueba cabal de que nos
gustábamos. Yo atacaba por todos los flancos pero a ella se la veía muy segura,
por supuesto que esto hizo sonar mí alarma.
-Siempre vengo a las reuniones de los chicos, pero nunca te vi.
-Hoy es mi debut. Pasa que… hasta hace poco estaba en pareja y como a él no
le interesaba este tipo de cosas, no veníamos. No le caían bien los peronistas,
o por ahí nos invitaban a comer y entonces estábamos los cuatro solos, o con
los chicos de ellos, pero nadie más. Pero bueno, nos separamos y acá estoy,
como dice la canción de John Lennon: “Como empezando de nuevo”.
-Gracias por la información
-No es nada, que le aproveche...
Decidimos sentarnos. A esa hora estaban sonando debates politizados por
todos los rincones de la casa. Sobrevolaban en peligrosos vuelos rasantes
libros, citas y frases célebres con pasaje de ida y vuelta. Nos miramos y allí
apareció un acuerdo tácito para hacer silencio y escuchar a un anteojudo que,
sentado a mi derecha, recitaba de memoria
su cantinela:
-“La conducta de la clase obrera argentina ha sido burdamente domesticada
por la ideología nacionalista burguesa del peronismo. El famoso componente
fascista del peronismo favoreció los intereses capitalistas al frenar las
ansias de revolución que avanzaba en todo el planeta”.
Por supuesto que este tipo de boludeces parecía estar más lejos que nunca
de mi realidad social actual. Yo, era un loco de esperar; ella, una
psicoanalista en disponibilidad. Merced a estas sencillas razones algo me decía
que haciendo letra clara, prolijita y
redondita, esa noche no dormiría solo. Pero antes, mis amigos, llegamos a la
sección esperada por todos: la audición psicobolche, con sus canciones amenas y
divertidas para toda la familia revolucionaria. Guitarra en mano los camaradas
van. El sector más comprometido con la situación socio-política de su tiempo
tomándose de las manos cantaba: "Yo pisaré nuevamente las calles de mi
Santiago ensangrentado…".
-¡Mató, cumpa... hay que reventar de una puta vez a esos santiagueños de
mierda!, “¡Viva Tucumán, carajo!”
El tipo estaba estropeadísimo, con dos dedos de su mano derecha no paraba
de hacer la “V” peronista a quien lo quisiera mirar. Sin amedrentarse, el coro
de niños mesiánicos de Latinoamérica unida brindaba un show de aquellos. Las
voces desafinadas de los “obreros de clase media alta” gritaban como en
cualquier asamblea estudiantil. Felices estrenaban nuevo repertorio: “de tuuuu querida presenciaaa...
comandanteee... Cheee Guevaaaaraaaa”.
A todo esto con Jésica ya estábamos apretando a lo guaso. Tenía una manera
tan delicada de besar que la comparaba con una larga telaraña de la que uno
nunca quisiera escapar, como visitas cortas a la montaña rusa. Mientras tanto
las canciones se anudaban una con otra. Ahora, un rubio de ojos celestes, con
cara de peón de boutique, narigón, anteojos culo de botella, imitaba ese acento
cubano:
- “Te molesta mi amor... mi amor de surtidor...”.
-¡El que te va a surtir soy yo, hermano, cortala con el bajón y tocate un
rock and roll, carajo! -gritó otro tan aburrido como borracho.
- “… si te
quiero es porque sos... mi amor, mi cómplice y todo... y en el Once, codo a
codo, somos más judíos que vos...”. -cantaron cuatro buscarroñas señalando al
pecoso cantor.
El vino se multiplicaba. Entre todos los cristianos reunidos rezaban
haciendo lobby para que Jesús regrese de una puta vez a multiplicar. Con el
devenir de las horas, los porros y el alcohol, las chanzas fueron tornándose
munición gruesa poniéndonos a las puertas de un conflicto con la clase
proletarada. La demarcación del territorio estaba clara: ellos, formaban una
prolija ronda, como siempre en formación ordenada; nosotros, repartidos por
ahí, mezclados, con la sensación de ser visitantes pero acostumbrados a jugar
en cancha ajena. El peronismo es como un San Lorenzo de la política, no tiene
cancha, lo cagaron, hicieron todo para dejarlo en la calle, pero la gente lo
sigue a todas partes, así que nunca se va a morir.
Como era de imaginar, por lo bajo comenzaran a oírse algunas puteadas, en
la medida en que estas crecieran se irían asociando a miradas desafiantes. Fue
así que llegó el ansiado detonante. Aquel tucumano confundido, mientras trataba
de ir hacia el baño, tropezó con unos pies perdidos, fue empujado por un revolucionario, y al girar para pedir una
explicación recibió una tesis de cinco dedos en plena cara. Lo sentaron de
culo. Uno se adelantó y embocó a un trosko, que rodó sobre su campera de cuero
caro.
En pocos segundos se
hicieron presentes todas aquellas broncas disimuladas, los pases de factura y
la falsa lucha de clases. El resultado fue una trifulca rápida, cómica y
altisonante que repartió golpes sin mayores consecuencias, con varios contra la
pared y los peronchos en el medio, parados, provocando, llamando a combate,
sacando a relucir ese curso heredado de boxeo barrial. Por suerte la pronta
intervención de Alberto logró calmarlos.
Más de uno sintió vergüenza
por la reprimenda. Algunos enarbolaron esa disculpa de cabeza gacha que tanto
cuesta bancarse, pero nadie se fue, ni tampoco se oyeron promesas de
encontrarse en la calle para salvar pleitos, todos aceptaron en silencio que se
habían pasado de rosca al pedo. Era solo un capítulo más de la falta de
convivencia política. Los argentinos recibimos, desde pequeños, un estricto
entrenamiento para combatirnos unos a otros, sobre todo con los que piensan
diferente, a pesar de tener un origen similar. Es el rol que nos asignó el
dueño de esta juguetería.
Cuando la concurrencia
pasaba a dar claros síntomas de agotamiento, una mina fue hasta el equipo y
puso un cassette de Marilina Ross. Volvió a la pista desierta, tomó a su
compañera por la cintura y bailaron tan apretadas que calentaba verlas.
Parecían exiliadas de una clase de expresión corporal, las denunciaba el infaltable
disfraz de estudiantes de danzas que lucían con orgullo: calzas negras
viejísimas, medias peruanas caídas con sumo cuidado, suéter incaico, largo,
cubriéndoles con soberbia el culo, zapatillas de pobre y una amenazante mirada
de cogedora empedernida. Arrancaron con movimientos lentos, casi arrastrándose.
Aceleraron. Detuvieron la marcha de golpe para volver a arrancar de inmediato.
Tenían una rutina que conocían muy bien, y ésta era sensual, lésbica, oscura y
excitante. Sabían que muchos estábamos pendientes de su actuación, así que no
defraudaron. Las miradas miraban con prejuicio antiguo y lejos de la
revolución.
A todo esto una de mis manos
se apoyó sobre la pierna cruzada de Jésica y marchaba rumbo al paraíso. Me
sentí un pendejo tratando de zarparse y eso me gustó, y más me cabió que ella
demuestre que lo estaba disfrutando. Qué bueno cuando las mujeres ponen en
evidencia sus enormes posibilidades de inflarnos como un Zeppelin. Allí
marchaban mis dedos exploradores. Ambos los veíamos, mientras nuestras miradas
se estudiaban contándose, en la más absoluta clandestinidad, sus deseos más
averiados. Parecíamos añorar viejos tiempos de amores adolescentes, de zaguanes
de barrio, de pasillos oscuros y manos valientes. Esto encendió aún más mi
vocación manual. Era el momento de mostrarse como en realidad queremos que se
nos vea, entonces no éramos personalidad sino esencia, ya no miradas sino
imágenes.
Ahora en el aire circulan
las curvas indigentes del blues, lo cual hizo feliz a los lagartos. Es que
estaba ahí una de mis mujeres preferidas, Janis Joplin, revoleando cierta
nostalgia agresiva y tierna a la vez. En el centro de la penumbra las dos enamoradas
seguían flasheando. Danzando como en una cogida lenta, y los voyeurs anónimos
agradecidos.
Estábamos sentados en el
piso cuando, disparados por un sofisticado mecanismo de relojería, nuestros
ojos ascendieron en busca de Mónica y Alberto, quienes, riéndose, aguardaban
arriba.
-Pero, che, ni siquiera me dieron tiempo a presentarlos... menos mal que de
un tiempo a esta parte vengo hablándole a uno del otro...
-Bueno, vos también estás hecha una casamentera de barrio...
-¿Y, Jesy... cómo va eso?
-Happy hours again...
-¿Ven? el idioma inglés está pensado a medida de las mujeres...
-Why?
-Y, obvio: felicidad se dice happy...
-Es que Flenin es un chico muy fálico, diría Freud.
-¿Desde qué lugar me lo decís?, ya
que abrimos el taller, no sé... hablemos de nuestras demandas, de la
posibilidad de desarticular los mitos que nos desvinculan...
-Uy, qué verdugo sos, loco... ¡cortala, por favor!
Jésica me retó de una manera tan seductora.
-Es mi factor activo de compensación...
Alberto se sentó frente a mí, Mónica hizo lo propio junto a Jésica. De
inmediato inicié una especie de sano interrogatorio. Sucede que mi admiración
por Alberto es bastante conocida y siempre le pido una especie de clase corta. Es
uno de esos tipos que cuando habla da la impresión de estar parado frente a un
alumnado neófito, un campeón de la didáctica.
-¿Sabés que estuve pensando acerca de eso que me dijiste sobre las
conductas humanas?
-¿Algo en particular?
-Sí, me quedé enganchado con eso de que el hombre es un animal político y
sus consecuencias...
-Ah, sí... es un concepto hermoso para desarrollar. Es la toma de
conciencia de que somos animales sociales y no criaturas individuales.
-¿Sabés qué pasa, Alberto? en el mundo de hoy, y como están dadas las
cosas, eso se parece más a una expresión
de deseos que a una tesis...
-No tenemos que confundirnos, Flenin, los seres humanos vivimos en
interacción permanente, por eso es básico centrar la atención en el carácter
social de la vida humana. El hecho de que existan pautas no significa que hay
una entidad completa de conducta, se pueden tomar elementos comunes, sí, pero, como te decía, tenemos que hacer
hincapié en el carácter social...
-Es que temo que la Dictadura haya hecho un buen trabajo. Todos los días lo
compruebo. La gente cambió para mal, mamó durante ochos años solo cosas de
mierda, y no creo que muchos sean inocente. Vos adentro de tu casa tenés la
libertad de comprar lo que vos querés, y, desde que tengo uso de razón, veo que
la mayoría de la gente siempre le compra a los hijos de puta…
-Y sí, esa observación es temible, pero realista, y los milicos la vieron,
todos esos frustrados, envenenados, irresponsables, que cargan años de odio,
utilizan a la multitud para descargar los antagonismos reprimidos.
-Perdonen que interrumpa -Mónica nos encaró eufórica-, pero acá tenemos una
guitarra y queremos que toques algo... ¿puede ser?
-¡Sabés qué no me hago rogar con eso! Bancame que voy al ñoba, así después
el show sale con fritas....
-¡Chau, loco... apagá esa luz, por favor!
Las dos danzarinas lésbicas estaban matándose en la bañera. Desnudas,
mojadas hasta la exageración, descontroladas
y haciendo sociales al más alto nivel.
-No se corten, está todo bien... me echo un meo y piro.
-Cuando te pires va a estar todo bien... ¿okey?
-¡Qué agreta, loca!
-¿Loco, estás meando o te estás pajeando? ¿cuál es la tuya?
-No es mala idea, ¿eh? se las ve muy excitadas y eso erotiza, pensalo...
-Au
revoire, ma joli voyeur.
El francés no es mi fuerte, pero la intuición sí. Para mi narcisismo todo
fue una gran pena, de manera que fui
girando el timón a la búsqueda de nuevos rumbos.
Volví a la otra fiesta, a la
de los que tenían una oportunidad para mí. Tomé la viola y una vez más ella
hizo que me sienta protegido.
Al rato presentábamos
nuestra propia sección “melanco” cantando temas de Suí Géneris, Moris, Spinetta,
de todas las épocas, Vox Dei, viejos clásicos de Litto Nebbia. Luego, para
calmar mi ego, difundí algunas canciones mías.
La gente ya andaba por el
piso utilizando la pared como respaldo. La castigada alfombra funcionaba como
amortiguador. Es que la cosa iba en declive y todos parecíamos colgar de
nuestros respectivos cansancios.
Finalizado el mini recital,
el equipo de audio retomó el liderazgo enviando ritmos marcados y festivos. El
pobre aparato ignoraba que iban cuarenta minutos del segundo tiempo y que todos
dábamos vueltas en el medio campo reteniendo la pelota, esperando la pitada
final. A esa hora el chasis de muchos y muchas se notaba bastante deteriorado.
Ya no habría ni piques ni corridas, salvo algún milagro sobre la hora.
Cansinamente, muchos iniciaban el éxodo
a merced de su propia suerte. Los rezagados, a sus hogares; los
esperanzados, a los bares; y por último, el bando ganador, quien se dirigirá en fila india al telo de su
zona.
En medio de tal movida, una
pareja en estado de despiste crónico se presentó ante nosotros. La mina,
asistente social del Durand y compañera de Jésica. Se había pasado toda la
noche comiendo y haciendo gestos de aprobación con la cabeza, sin dejar de
masticar ni un solo momento. No era gorda pero hacía el curso como para serlo a
la brevedad. El tipo era como para detenerse a observarlo. Calzaba anteojos con
bastante aumento, redondos, a lo Lennon. Lucía con orgullo su barba profusa de
intelectual de sobremesa. Vestía un vaquero Levi`s gastado de tanto estar
sentado, la infaltable camisa leñadora que se inflaba sobre su panza, unos
horribles mocasines negros de colegio secundario y el pelo revuelto con
prolijidad. Ni bien empezó a hablar me di cuenta que no pronunciaba bien la
erre, había que ver lo difícil que se hacía no reírsele en la cara cuando decía
la palabra “revolución”, no tenía desperdicio. Denotaba claros síntomas de
haber leído mucho pero comprendido poco. Lo escuché en reiteradas oportunidades
durante la fiesta atacar con las primeras notas de la marcha peronista, iba
apagándose a medida que palpaba la falta de quórum. Entonces fruncía el
entrecejo y seguro que en silencio acusaba estar rodeado de gorilas. Me arrojó
una mirada compinche y no hubo alternativa, se ve que la tenía conmigo. No sé
por qué carajo tuve que soportar
una explicación que él necesitaba dar:
-¿Sabés qué pasa, flaquito? el nuestro no es un partido político
tradicional, ¿viste? con toda esa gama de obviedades… no, el nuestro es un
movimiento nacional y popular... “po-pu-lar”, ¿me entendés, flaquito? la gente
espera que hagamos lo de todos, pero nosotros reaccionamos de manera visceral,
flaquito, porque somos sentimiento puro... en cambio, acá hay mucho careteo
psicobolche... mucho olor a patronal… esa no va con el pueblo…
La mina, no paraba de masticar, elevaba las cejas poniendo cara de “yo no
fui”. Lo más cómico del tipo fue que todo lo confesaba balanceando boludamente
la cabeza, sintiendo el peso de tantas ideas brillantes, ¿sería lo suyo algo
así como el neuroperonismo?
Su compañera hablaba con
Jéssica no sé de qué cosa pero se reían mucho y fuerte. El chabón seguía como
un abrojo pegado a mí. Bueno, ahora sí que lo que está hablando no tiene
desperdicio. Compara el tema de Dios y la fe con el peronismo y la militancia;
la llegada del cristianismo con la del peronismo, y la parábola del hijo
pródigo con el regreso de Perón. Sin dudas estoy frente a un iluminado. Y
llamando la atención de las chicas para que lo escuchen le puso el moño a todo:
-Perón decía que Dios tiene prestigio porque se muestra poco... y mi viejo
dice que Dios es sabio porque no tiene mujer.
-Mirá, yo creo que Dios era medio putazo, por eso se atacó con la pobre Eva
y al final los rajó a los dos del paraíso. Fijate qué botón: mientras Adán y
Eva curtían Edén, morfaban fruta de arriba, cojían cuando querían, solcito y
pachanga y hacían giladas, estaba todo bien, es más, les daba absoluta
libertad; pero cuando se metieron con el árbol de la sabiduría ahí, sí, se puso
en ortiva el chabón, cualquier cosa menos que se aviven los giles, el lema
judeocristiano por excelencia. Además... yo estoy seguro de que se ratoneaba
con Adán.
-Resulta
que yo escabio y este se pone a hablar incoherencias… -le dijo a la minita que
asentía con gestos, ya que masticaba unas masitas.
-Ah, no me
creés… y bueno, basta con analizar esa historia de la creación para entenderlo,
loco: primero cazó a Adán y se lo llevó al campo, mimito va mimito viene lo
durmió en bolas, y bueno, no se sabe muy
bien qué pasó después, aunque yo sospecho. La Biblia no tiene una sección
erótica, ni siquiera un pie de página como para aclarar un par de dudas. Al
rato llegó la minita y le pudrió el rancho, y claro... Adán habrá pensado:
carne firme, una conchita para zambullirse, ese par de tetas. ¿quién se va a
querer cojer a este viejo choto con ese culo peludo y colgando? Pero Dios no se
bancó la menage a trois y se vino con
ese asunto de la culpa y el pecado... ¿te das cuenta que Dios era un resentido,
un vigilante? Yo no niego que haya existido, pero cuando Nietzsche dio la
noticia de su muerte, pensé: seguro que murió en un operativo y en cumplimiento
del deber...
Fue muy evidente que no les
cayó nada bien mi teoría, sobre todo al neuroperonista. Así que saludo uno,
venia y su ruta.
De todos los que habíamos
compartido el oxígeno y el anhídrido carbónico sólo quedábamos cuatro: los
dueños de casa y nosotros dos. Quizá por tal motivo el ciclo de la mecánica
respiratoria se tornó liviano, descomprimido y con un dejo de sanidad luego de
una guerra sin cuartel contra el medio ambiente. Ya los rostros denotaban
cansancio a la enésima potencia, en especial el de Jessica, que mostraba, sin
tapujos, su estado de suspensión. Fueron muchas emociones juntas para su cabeza
en tren de “renovación y cambio”. Para colmo debió lidiar conmigo, con esa
tremenda energía absorbente emanada desde mi ansiedad, que al ver y acariciar a
una mujer así seguro complicó las cosas.
-Si quieren pueden quedarse… no se los ve con ánimo de salir... además está
libre la habitación de arriba... hay una cama chica y un par de bolsas de
dormir, no sé, hagan como quieran...
-¡Impresionante! con amigas así... pero vos sabés cómo es esto: el chabón
propone y la chabona dispone...
-Gracias, Mónica, la verdad que estoy arruinada, pero no sé... ¡qué
papelón! estoy un poco desorbitada... tomé por demás, estuvimos fumando… ¡qué
locura, Moni! bueno, mirá, lo charlamos y vemos...
-Bueno, después no vayas por ahí cuestionando la solidaridad
peronista...
-¡Y pegue, y pegue Moni pegue!
Nos
sentamos en un sillón que, dada la circunstancia, pareció el más placentero del
mundo. Cuando me aseguré de que ella estuviera cómoda fui a la cocina y preparé
té para dos, como dice la canción. Lo bebimos saboreándolo como a un buen vino.
Ella se recostó en mi hombro, le acaricié el pelo como a una hijita agotada y
con una serie de indecisiones le mostré las novedades de mi enamoramiento.
Entre besos, caricias y
sonrisas compinches fuimos a intentar dormir juntos a la habitación de los
libros. Ni bien ingresamos vimos que el cuarto contaba con los ingredientes
típicos de un bar literario. Realmente impresionaba ver esa enorme cantidad de libros,
pero qué bueno debe ser tener en tu propia casa esa variedad. En medio de todo
ese look intelectual suena un diálogo cuasi adolescente:
-La verdad que vivía en otro mundo, lejos de la gente. Como si al cerrar el
consultorio pasara a otra dimensión regida por un solo tipo. Ahora, aunque te
parezca increíble, se me hace costoso vincularme con los demás, y sobre todo
entablar relaciones afectivas, mirar a una mujer sin pensar en que estamos
compitiendo. Entre este tipo que me volvió loca, y yo, colaborando a las mil maravillas, hicimos una
tragedia griega. Alfredo es de lo más cerrado, enigmático, con infinidad de
trabas y rollos. Habla muy poco, nunca sabés en qué está pensando. La cuestión
que me enganché por ahí, con el misterio… y busqué develar su secreto,
comprender su historia para luego disfrutarlo mejor... ¡bah! eso era lo que yo me imaginaba...
-Hasta que te diste cuenta que estabas frente a un pelotudo.
-La pelotuda soy yo por caer en rollos así. Si el tipo está enfermo que lo
atienda otra, si hasta parece que en vez de buscar un hombre para coparme,
busco pacientes... al principio, claro,
todo era ¿cómo te fue? o ¿qué
querés hacer, mi amor? y la boluda desvalorizada y necesitada de afecto estaba
ahí, sin diferenciar eufemismo de romanticismo. Entonces pasa lo de siempre:
aparece alguien que te trata bien, que te llama todos los días, que te tiene en
cuenta, que a cada rato pronuncia tu nombre, y vos entrás y te ponés a su
merced. Después, con el correr del tiempo, Alfredo se sintió seguro y entonces
fue endureciendo su posición, e impuso ese jodido juego machista: la mujer
seduce, el hombre conquista. Y ya se sabe que una vez conquistado el territorio
enemigo se pone la bandera al compás del himno narcisista…
-¡Eh, me parece que te vas de mambo…!
-¡No, Flenin, yo sé que fue así…! pero un día llegó el acabose. Fue cuando
Alfredo hablaba a cada rato de su soledad, de su desprotección, de los
quilombos con su familia, esa historia densa con la madre. La opción era
ponerse en el papel de la amante solidaria, lo cual en ese contexto hubiera
sido nefasto para mí… o la otra que se presentó, que era renunciar... opté por
esto último y se cortó todo... ¡yo sí que me gané, y con creces, el cielo de
los inocentes!
-Pero vos cometés un grave error logístico: hay que ser solidario con los
que sufren, no con los boludos... ahora,
pregunto una cosa, sin ofender ¿eh?: ¿y vos le cobrás a la gente para
solucionarle los quilombos?
-¡Eso es distinto! -explotó-. En el trabajo se utilizan técnicas. Que una
maneje cosas de ese tipo no significa que automáticamente quede inmunizada...
Ascendimos al presente por el camino más corto, el de la necesidad,
entonces la entrega fue sin pausas. Largos besos transmitían todos los hechos
tal cual iban sucediendo, como si tuviéramos corresponsales de guerra en cada
una de las zonas erógenas y a cada rato pidiéramos un minucioso reporte. Por
otro lado se notaba que el amor nos tenía en lista de espera desde hacía
bastante y, aunque algo nos había mantenido despiertos, en medio de los
arrebatos mostrábamos aquella desolación. En nuestros labios una tibieza
conocida “allá lejos y hace tiempo” desempolvaba el viejo roble de las
desilusiones, mientras enviábamos mensajes tan sutiles como veloces. Las
respuestas se daban a través de coartadas eróticas.
Terminé de desabrochar la
camisa, levanté la vista, y allí aparecieron ellas, libres y anarcas,
festejando la ausencia del corpiño. Las miré, me hipnotizaron, con la cabeza
acompañé la travesía de los ojos recorriendo la redondez perfecta de unas tetas
garantes de excitación permanente.
A todo esto, desde la mesita
de luz, un gatito con botas negras y espada medieval se esforzaba por dar un
clima naif, pero nadie acusaba recibo. Miré hacia el techo buscando algún
contacto con los espíritus para agradecerle al viejo Freud la entrega de uno de
sus mejores alimentos balanceados para
libidinosos. Soy ateo, pero en estas ocasiones siempre tengo un santo a mano
para agradecerle.
Cuando quedamos desnudos, el
descontrol fue total. Un deseo animal comenzó a atormentarme y ella lo captó al
instante; por eso miró fijo al susodicho, que ya estaba atento, redondeó sus
labios en el camino hacia él, y cuando llegó siguió ese contorno desprolijo.
Primero lo hizo con las manos, luego llegaron como refuerzo dos labios
atrevidos y una lengua generosa. Yo transitaba un estado de permisividad total,
estaba cómodo y hasta aproveché para estirarme sobre la cama sintiendo esa
boquita pintada recorrer mi lugarcito preferido.
Mis respetos a tipos como
Colón, Copérnico, Galileo, pero muchachos… ¿qué puedo decir de quien descubrió
el placer del sexo oral y lo transmitió entre los suyos? Un benefactor de la
humanidad, o benefactora.
Estiré hasta el límite el
culto al placer efímero. En esa feliz tarea fui ayudado por ella que ya
manejaba muy bien mis tiempos. Cuando estuvo todo a punto se incorporó
apoyándose sobre un costado de la cama. Lentamente se recostó como una puta
romana, y así me ofreció todas las tierras de su imperio. Subí sobre ella y
trepé a lo más alto. Una vez allí me causó vértigo ver mis pies allí abajo, tan
lejos del río.
Puse esmero en la cogida,
sabía que no estaba frente a un rival cualquiera, porque enseguida recordé el
viejo mito porteño que dice: psicólogas, psicoanalistas y afines requieren de
un service exclusivo, extenso, y bien organizado. De manera que con toda
humildad abrí el manual y lo recorrí desde el capítulo uno, chamuyamos mucho
pero nunca estamos seguros de nuestro trabajo.
Jéssica gozaba como una
china; clamaba, gritaba y se retorcía como si su cuerpo estuviera tripulado
solamente por escalofríos y trances. Es un cuadro maravilloso ver a alguien
gozar, sobre todo si lo hace a través de uno.
- ¡Haceme de todo... cojeme fuerte, fuerte... esta es tu última noche…!
- ¡Qué bueno verte bien y en tan buenas manos…!
Sus palabras, y el tono con que las pronunciaba, eran para mí una numerosa
hinchada alentando permanentemente y revoleando todos sus trapos...
¡Qué invento la mujer,
viejo, qué sentido de la perfección! yo hacía denodados esfuerzos por no
acabar, por ese motivo estuve unos minutos pensando en cualquier pavada: traté
de meditar en cosas inexistentes, me puse a sacar cuentas difíciles, si hasta hubo
un momento en que traté de acordarme de la presentación de la serie
Disneylandia y el nombre de cada uno de los dibujitos que iba apareciendo. La
idea era prolongar el hechizo hasta donde se pueda, por eso buscaba algo
parecido a la objetividad. Supuse que desconcentrándome un poco lo lograría, si
total con sólo verla a ella así ya era todo un flash, pero me sentía arrastrado
por una situación que me superaba. Ella movía la cabeza, parecía espasmódica.
-Me encanta gritar, ponerme reloca. El placer debe ser expresado, jamás
contenido.
-¡No me digas “liberación o dependencia” porque acabo ya mismo!
El gatito de la mesa de luz se relamía. La cama crujía amplificando un
ritmo parejo. La sábana superior parecía una carpa de circo y de repente todo
me dio vueltas. Acusé el apretón y allá fuimos. Tren de primera, paisajes como
para cubrirse la cara con decoro, sensaciones blancas, rojas, violetas,
fucsias, frac de conmemoración, zapatos oscuros difundiendo categoría bacana,
un habano gordo y humeante relajándome luego de cada exhalación, y un genio
diciéndome a cada rato: “Sí, amo”. Notable. Maravilloso.
Silencio en la noche, ya
todo está en calma, el músculo duerme y el chabón ya no trabaja. Instantes después, más
tranquilo, tomé una tuca que habíamos dejado sobre el respaldo de la cama y
traté de encenderla. Pero como no tuve a la vista una cajita de fósforos me
resigné.
Hizo falta un gesto valiente
para hacer callar al acomplejado interno que se moría de ganas por preguntar: "¿Y, qué tal, cómo fue? ¿estuve bien,
no?
De buenas a primera Jessica
comenzó a justificar por qué en determinado momento, al darse vuelta para
cambiar de posición, se corrió nerviosa y dio un no rotundo cuando casi la
penetro por atrás. Ella tocó el tema del sexo anal y largó un sermón al
respecto:
-Es que hay toda una historia con ese tema, primero tendríamos que
hablarlo. Sé que a muchos hombres los enloquece pero también hay una teoría, en
psicoanálisis, al respecto, y es interesante... Freud dice que los tipos buscan
el coito anal debido a que, de esta forma, reniegan sin problemas de la
castración. No ven la vagina, la falta de pene… porque a ellos la vagina les
resulta estéticamente repulsiva...
-¡Nooo, pará un poco, loca, vos estas de la cabeza! ¿De qué repulsión me
estás hablando? ¡Asco me da ver todas esas pijas colgando por ahí cuando entro
al baño de chabones, ¡no me jodas!
-¡Qué grosero!
-¡Pero vos mandás cualquiera, loca!
-Estas muy equivocado… ¿te explico?
-No, no, dejá... no me expliques las ideas que a Freud se le ocurrían hace
cien años observando a gorditas pequeñoburguesas que no laburaban y tenían todo
el día para pensar pelotudeces... seguramente hay cosas ciertas, pero una
teoría como la que acabás de decir no tiene nada que ver con nada... es un
absurdo total, ahí el viejo la tiró a la tribuna… reconocelo… te lo digo yo,
que soy un vaginócrata de pura cepa.
-Ah, bueh…
-Esas son
teorías que a vos y a un grupo de gente les guste creer como ciertas, pero eso
no significa que sean la verdad absoluta. Esos tipos tendrían que tener la
humildad de anteponer a cada una de sus ideas la frase “a mí me parece que es
así” o “a mí me gustaría que fuera así”, me inclino más por esta última, porque
casualmente esos mismos chabones son los que tienen en el frente de la casa una
fábrica de virus, y en el fondo un kiosquito de venta de antídotos...
Por suerte ambos nos quedamos en silencio. Minutos después Jésica se
recostó sobre mis hombros diciéndome en voz baja que se sentía muy bien
conmigo.
También habló sobre algunas
cosas que reconfortaron a mi solitario ego sin ahorrar adjetivos, supo cómo
ponerme bien y me encantó su praxis. Cerró el monólogo energizante y poniendo
una dulcísima voz de nena pidió que le cuente una historia. Pensé, mientras la
miraba sorprendido por el extraño pedido, y dando vueltas sobre el asunto de la
mujer y su sexo recordé un capítulo brillante, por lo sabio, de la mitología
porteña.
-Allá por el año mil ochocientos ocho, había un criollo bastante
intelectual para su época, muy amigo de Belgrano y de Castelli, y por posturas
diferentes en la manera de actuar, crítico de Moreno: era el “ñato Solano”. A
decir verdad comentaban que el ñato estaba medio loco. Sus difamadores basaban
la sospecha en ciertas historias algo míticas que el ñato contaba. En plena
lucha durante las invasiones inglesas Solano fue herido y tuvo que huir hacia
las afueras de la ciudad rumbo al sur. Había perdido a muchos de sus hombres,
el resto se desperdigó, y esto, sumado a la herida en su hombro, lo hundió aún
más en el bajón. Anduvo a los tumbos por campos y bosques en los alrededores de
Quilmes y allí pasó su primera noche. Cuenta la leyenda que en un momento vio venir algo del río, se
pegó un cagazo bárbaro y entonces decidió esconderse tras unos arbustos.
Primero pensó que se trataba de una alucinación producto de su delicado estado
físico. Pero enseguida pudo ver como emergía de las aguas una figura femenina.
La mina se le fue arrimando, como el ñato seguía ahí, duro, se le acercó, la
tipa, dándose a conocer como el alma en pena de Afrodita. Pidió disculpas por
haberlo asustado y le confesó que nadaba por las aguas del mundo desde la época
en que los dioses, cansados de bancarse sus bardos sexópatas, la condenaron a
vivir entre los mortales. Pasado el asombro el ñato recordó pasajes de la
Ilíada que tanto lo ilusionaron de chico y decidió disfrutar del encuentro.
Entonces todo fue pasión, desenfreno y éxtasis. Afrodita le pasó por encima, lo
avasalló sexualmente, incluso le reveló secretos eróticos atenienses, poses
desconocidas por aquí, y trucos de seducción que sorprendieron al ñato. Pero
podemos decir que el ñato también mostró lo suyo, ¿eh? después de todo era un
amante latino y con fama de calzar grosso. Antes de regresar al Río de la
Plata, Afrodita, le regaló una concha y le explicó que ése era el símbolo con
que se le rendía culto allá en Grecia. Ya en plena despedida le pidió que para
recordarla cumpla con un rito singular: debía colocar una concha entre las
piernas de cualquier mujer mortal, luego acercar su oreja derecha a ella, y al
cabo de unos minutos comenzaría a escuchar la voz del mar y las palabras de
amor de su alma en pena. El ñato, que era tan poeta como pillo, tergiversó la
revelación a gusto y conveniencia, y cuando regresó a Buenos Aires empezó a
perseguir a cuanta mujer tuvo a mano. Dicen que se la pasaba recostando mujeres
a las que le levantaba la pollera con el cuento de escuchar la voz del mar. Más
de un marido lo buscaba para cagarlo a tiros. Cuando Solano fue nombrado asesor
de Saavedra pidió un trato especial para con las damas de parte de los
criollos. El propio Saavedra tuvo que contenerlo porque quería reglamentar el
reparto de conchas entre la población y hasta poner día y hora para la
ceremonia de la escucha. Para esto contaba con el apoyo de Belgrano y no se
sabe cómo lo convenció a Castelli para que, al menos, se haga el boludo. Con el
kilombo de la época y el fragor de la revolución se dejó el proyecto para más
adelante. Mucho tiempo pasó y sin embargo la leyenda del mensaje de Afrodita
seguía en pie. En el momento en que Rosas es nombrado gobernador la gente de
Buenos Aires, que tenía un gran respeto por Solano, volvió a pedir por aquella
vieja idea del ñato. Que el primer viernes de cada mes se festeje el día de la
concha. Fuera de joda, Solano era un tipo famoso, el tipo recorría las
pulperías contando historias amorosas de los revolucionarios de mayo, sus
secretos romances con damas de alcurnia, chismes de alcoba de los patriotas,
las crónicas de bravas batallas frente al invasor inglés, y como el ñato tocaba
la guitarra se fue transformando en un verdadero showman de aquella época.
Tiempo después, y a manera de homenaje al ñato Solano, se empezó a llamar
concha a la vagina porque estaba la creencia de que entre las piernas de
cualquier mujer se escucha el ruido del mar. A esa zona, cercana a Quilmes, la
gente le empezó a llamar Solano. Años después, la iglesia, enterada de ese
mito, rebautizó al barrio como San Francisco Solano, tergiversando la Historia,
algo que ellos manejan como los dioses. Pero yo sé bien cuál es la posta. Pero
bueno, volviendo a tus relatos eurocentristas, te cuento que la sabiduría
porteña no conoce límites. Por eso insisto una vez más: Freud fue un gran
ingenuo, ¿cómo va a largar una teoría sobre el hombre y las minas sin haber
vivido en Buenos Aires? andar por ahí hablando de los tipos sin conocer a los
argentinos, sin una encuesta en la mano con las opiniones de los porteños... no
es serio, el viejo fue un irresponsable. Nunca se enganchó una porteña, una
rosarina, ni una cordobesa, ¿qué puede hablar? Y eso de la castración, no sé...
si Freud hubiese conocido la historia del ñato seguro que otro sería el
comentario.
-No sé de dónde sacaste esa historia, pero me gustó. Podrías dar charlas
sobre mitología porteña en la facultad de Psicología…
-No creo, ahí son muy europeístas…
Su mirada habló y comprendí. Entonces comencé a descender y sin paradas
intermedias. Mi lengua, tocada por la agresividad freudiana, era un misil
libidinoso disparado con precisión milimétrica hacia el “Objeto Sexual
Identificado”. Ya no se oían discursos pero sí una respiración honda.
Jéssica, agitada en su
propia tormenta, cubrió mis orejas con las palmas de las manos, tensó sus
piernas e infló las tetas. Mientras mi saliva se disolvía en sus jugos sentí
una extraña explosión. Abrí los ojos, y vi que la materia no era sólida, era
energía pura. Sin dar respiro se presentó ante mí el hidrógeno. No van a creerme pero esa
conchita generó calor en su núcleo transformando hidrógeno en helio.
No quise engancharme, así
que decidí seguir con lo mío. Mi lengua entró un poco más y eso me permitió
recorrer esos labios palmo a palmo, pero de pronto vi que allí estaba dando
vueltas el litio. Como verán todo se transformó en una verdadera locura y dentro
de ella yo estaba hasta las manos.
Algo tan ajeno como cercano
me hizo evolucionar, entonces fue el momento del carbono. De golpe la cama
comenzó a enfriarse mientras despedía ciertos
gases que ascendían para luego fusionarse. No piensen mal, eran gases de
verdad. Como por arte de magia una lluvia emocional llevó vapor de agua por mis
sienes y chorreando llegó hasta Jésica. Yo continuaba introduciéndome sin
pausa, mientras ella permanecía en posición curva por la materia y la energía
que contenía. La superficie de su concha poseía un área finita, careciendo de
bordes o límites, lo supe cuando giré en torno a ella y para mí sorpresa no me
caí. Era como una dirección del tiempo perpendicular al tiempo real, algo así
como un tiempo imaginario. El agujero negro giraba y giraba, entonces me precipité
por un pequeño orificio en el espacio-tiempo y sentí la atracción de una fuerza
tremenda que me llevaba más allá de lo imaginable. Nunca entendí como esa
fuerza no arrancó de cuajo algunos trozos de mi cuerpo porque era casi
incontenible. Jamás pude establecer si ese tironeo deshumanizado que sufrí duró
segundos, minutos, u horas, fue como si de pronto el tiempo hubiese quedado
colgando de un techo penando por su estado de suspensión. Como por arte de
magia femenina aparecí en otra región. Mucho tiempo después quedó claro que fue
el agujero blanco quien me despidió, lo hizo con la misma violencia con que fui
arrancado, mi amigo Carlitos “Tecno” me lo confirmó.
Caí sobre una vieja
callecita, rodando sobre el empedrado desparejo. Fui a dar contra el cordón de
la vereda y allí me quedé unos segundos. En medio de aquella sinrazón tuve una
alegría porque todo me llevaba a pensar que la conspiración ya no era una serpiente
encantándome, de manera que podría soñar con el regreso a una vida sencilla. De
inmediato logré ponerme de pie leyendo carteles escritos en un exótico idioma.
Miré con cuidado el lugar comprobando primero su antigüedad, luego su calidad
de pintoresco, por último la lejanía de todo lo conocido por mí hasta ese
momento. Diría que era un lugar casi artesanal recordando a cualquier típica
postal navideña europea. Otra vez me preocupé.
Caminé unos pasos cortos con
el permiso de una paranoia inexorable, pero a los pocos metros me detuve frente
a un letrero curioso en la vidriera de un negocio. No logré descifrar la frase
pero sí me vi invadido por cierta melancolía porteña. Una sombra espesa cae
sobre el cartel dificultándome la lectura, insisto y allí puedo constatar que
tiene dos palabras. Resigno la primera pero me animo con la segunda y a pesar
de las letras complicadas creo entender que dice Viena. ¿Viena, Austria? Allí
me asusté en serio.
Percibí el estómago
contraído, con una sensación que ascendía hasta transformarse en temor
asfixiante.
Dios tira los dados sobre la
calle, se acomodan y aparece un colectivo de varios colores y el número 48 en
el cartel. Yo pensé: “El 48, el muerto que habla, por ahí me trae un mensaje
del más allá”. Le hago señas desesperadas con el afán de detenerlo y cuando lo
tengo a mi alcance subo antes de que frene, por las dudas. Un viejito canoso de
lentes redonditos es el chofer. Tiene una cara de bueno a más no poder y en sus
gestos lentos no hay ni un átomo de maldad. Miro hacia adentro del colectivo y
noto una escenografía original: carece de asientos normales, es decir; hay a
cada costado del pasillo unas especies de divanes en distintas posiciones, y en
algunos hasta hay gente recostada que no para de hablar, algunos llegando al
llanto. Frente al asiento del chofer está el espejo retrovisor que ocupa casi
todo el ancho de la cabina. No tiene pegada la foto de Gardel pero sí una de
Nietzsche, lo reconozco al maestro y me sorprende verlo allí. Al lado de estas
fotos hay un escudito de Atlanta, el pobre está tan descolorido por el paso de
los años que apenas pone un toque futbolero.
-Quiero ir a Buenos Aires ¿cómo hago?
-¡No, pibe, por ahí no paso!
El viejito fue lacónico.
-Pero entonces lo conoce... mire, yo no sé dónde estoy parado, me pasaron
un toco de cosas que usted nunca entendería si yo se las contara, no se imagina
todo lo que me pasó en un ratito. Pero, bueno, mire, mi deseo no es estar acá,
tengo que zafar de alguna manera y ahora mismo. No me corte el rostro...
escúcheme aunque sea cinco minutos... sí, ya sé que usted es un simple chofer
de colectivo, pero en Buenos Aires tomamos un taxi y lo contratamos como
psicólogo móvil, téngame paciencia.
-No sé, hacè como quieras, pero yo allá no voy ni en pedo. Siempre lo
mismo… seguro que ni bien llego me escriben todo el colectivo, es una
vergüenza, cada uno pone lo que se le canta el culo y después cualquier gil
viene a decirme que yo no sé para dónde voy, que tengo tantos ramales que
confundo a los pasajeros, y mil críticas más... ¿y sabés una cosa, pibe? ya
estoy viejo para esos trotes, me cansé de pelearme con todo el mundo, de
discutir por prejuicios con otros choferes, de putearme con los peatones en
cada semáforo, que suba el chancho y me diga que estoy adelantado. Si voy a
Buenos Aires es para descansar, pero eso sí, iría disfrazado de marino y
pondría un negocito en el Once... tanto
como para que los paisanos no renieguen de mí, nada más.
-Si supiera, viejo... estaba con una mina que era una gloria... un lomo…
unas ganas de garchar… nunca podré explicarme qué carajo pasó. No es que me
quiera poner en víctima, entiéndame… ¿pero por qué tanta mala leche, viejo, por
qué? ¿Qué hice yo para terminar así? Disculpe que siga enganchado en lo mío y
casi no lo escuche, pero me perdí una mina espectacular… coje con el alma.
-Sentate pibe... quedate tranquilo, si querés podés recostarte, hasta podés
mirar por la ventanilla, ¡mirá cuántas lindas chicas caminan por acá…!
Solo con la voz ya me había tranquilizado. En su forma de hablar insinuaba
tener un sentido despojado de todo apuro, como sabiendo que el tiempo estaba de
su lado, a pesar de las apariencias físicas. Unos minutos después sacó un
antiguo reloj de cobre. Lo tomó por la cadena y balanceándolo con suavidad lo
fue acercando hasta quedar frente a mis ojos. Transformó su voz en el sonido
más intimista que oí en mi vida. Las palabras llevaban el ritmo de aquella
brisa del verano porteño y produjeron en mí un estado de exaltación casi
sublime. El cuerpo se me fue inundando de una placidez casi desconocida. Hasta
creí sentir olor a incienso, con decir que de a poco fui pensando que lo mejor
era permanecer en silencio, una idea que nunca ronda por mi cabeza. Palmeándome
la nuca dijo con tono paternalista:
-Ahora vas a descansar en un sueño profundo, mirá el reloj y dormí a través
de él. Todo duerme ya, vamos a despedirnos, no dejes de seguir el movimiento
del reloj con la mirada. Vos relajate, acordate de esas cosas que realmente son
las tuyas. Vas a ver que cuando despiertes estarás en manos de ella...
disfrutalo, vos que podés…
-¡Uy, viejo, joya! pero mire, le prometo que nos vamos a encontrar alguna
vez... más tranquilos, nos tomamos un cafecito, no sé, ahí por Corrientes y
Pueyrredón, en el Paulista, ya que va a andar por el Once, o donde usted quiera
¿eh? hasta podemos jugarnos un partidito al billar… ¿usted la debe mover bien,
no?
-Y, tengo lo mío…
-Usted tiene una cara de atorrante…
-Shhh, ahora tranquilo…
-Perdonemé todo este quilombo que le traje, pero me perdí y aparecí acá...
¡qué sé yo qué carajo pasó! ¿no le dije? estaba con una mina y de golpe se
pudrió todo… no sé, empecé a alucinar con cosas químicas, de física… ¡justo yo,
que de eso no entiendo una mierda…!
-Bueno, pará un poco de hablar, carajo, por favor... ¡estos porteños,
viejo! por favor, pensá ahora nada más que en volver...
-A propósito, no me dijo cómo se llama, viejo.
-En el barrio me dicen Sig, no lo olvides...


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