¿Crees que soy sexy?
¿Crees
que soy sexy?
I
Llegó al sábado 10 de
marzo de 1979 un poco agitado, quizá con la
idea de ir despidiendo un verano enrevesado por lo ideológico. Luego de la
obtención del Mundial 78, los milicos y sus lameculos estaban embalados en la
tarea de confundir. Su capacidad de vender por bueno lo más horrible hacía el
resto. Un par de días antes estábamos con los pibes parados en la esquina de
Velasco y Darwin, cuando Mónica dijo que escuchó en radio que habría un evento
importante el sábado en el Club Los Indios de Moreno, en aquella localidad del
Conurbano oeste. Agregó que dos chicas, que le llevaban
unos años y que trabajaban haciendo la limpieza en dos departamentos de la
avenida Corrientes, se lo habían comentado con cierto entusiasmo en el almacén,
con un dejo de intimidad, como para que fuese a
vivir una noche muy especial.
Nos transmitió esa novedad
acentuando lo de noche especial y yo tomé nota, no era común en ella estar
atenta a este tipo de situaciones. El tema de la distancia no era un problema,
solo cuestión de ir a Once, tomar el tren Sarmiento y viajar un largo rato.
Varias veces estuvimos en ese club. Incluso recordé que una vez fuimos a ver a
Invisible, aquel grupo inolvidable de Spinetta, un show corto en los tiempos
del álbum Durazno sangrando.
El viaje en tren fue vivaz, como
siempre que un grupo de pibes lo hace. Hubo un momento en que el tren se detuvo unos minutos antes de ingresar a una estación.
-¿Por qué entra tan
despacio en esta
estación?
-¡Qué nombre extraño tiene… San
Antonio de Padua, todas las estaciones tienen una sola
palabra...
-Es un lugar famoso en la zona. Lo
llaman la Perla del Oeste, por los árboles y la arquitectura.
-¿Cómo sabés eso?
-Tengo una conocida que es de acá,
una estudiante de medicina que sueña con ser psicoanalista… una mina que tiene
varios planes a largo plazo.
-Se ve que estás muy al tanto de sus
asuntos…
Mónica dejó de mirar la estación
arrojándome una mirada firme.
-Bueh… la conozco de un bar cerca de
la facultad, una pensante.
-De ahora en más yo también soy una
pensante…
-Eh, no seas ortiva.
Se arrimó a mi oreja para transmitir
un secreto y susurró:
-Transemos… yo
no soy ortiva y vos no sos boludo.
La miré como con bronca y junando
pero no agregué nada, me la clavó en el ángulo, así que la fui a buscar al
fondo del arco y le pedí perdón a la tribuna local, me comí un gol por
cancherear. Cerré el comentario, preferí no ahondar ni en la belleza ni en la
mística de mi amiga; no quise tener una noche difícil y opté por un silencio
insano.
Lo que nunca supuse fue que esa
noche iba a tener una desconcertante
revelación, algo que a partir de allí me hizo pensar en una confabulación .
Quedé entrampado en una maraña de pensamientos y visiones que condicionaron los
siguientes días.
La sede del club está en la avenida
Piovano Norte, frente a las vías del ferrocarril, a un par de cuadras de la
estación. Un viejo lugar de encuentro para los vecinos, fundado allá por 1937,
con una tarea social importante desarrollada en la zona, dada su convocatoria.
El ingreso fue trabajoso, dado la
gran cantidad de parroquianos que cubría la vereda y parte de la calle, lo cual
nos decía que algo sustancioso estaba por suceder. La música sonaba con mucha
potencia. Daban el presente todas las canciones que sonaban en las radios, al mismo
instante en que la gente iba copando la pista. Observé asombrado la gran
cantidad de mujeres que se dieron cita, lo cual me hizo recordar el énfasis que
puso Mónica al pasarnos el aviso. Nadie de nosotros había cenado, así que
fuimos directo al bufet a comer hamburguesas, que acompañamos con unos buenos
tintos. La baranda a choripán estuvo a punto de torcer el menú.
Una de las cosas que se anunciaban
en varios carteles era un concurso para elegir la “pareja Travolta” de la
noche, es decir, ver quiénes imitaban mejor a la pareja que se lucía en la
película “Fiebre de sábado por la noche”, de exitazo
mundial y singular resonancia por estos lares. Pero algo me dijo que eso no era
todo… Algo se parecía mucho a un anzuelo.
No hay un lugar mejor
para saborear hamburguesas que el bufet de cualquier club de barrio del Gran
Buenos Aires. Supongo que entre las manos duchas del asador, el clima reinante,
más el estado de euforia general, condimentan como nadie. Unos minutos después
se acercó Koki para preguntarme qué estaba por pasar, además del concurso. Se
veía que él también tenía la visita de la intuición, pero no quiso adelantar
nada. Alfredo no solo me preguntó lo mismo, sino que pensó que,
Mónica esquivó respuesta porque parecía
tener alguna referencia. Raro.
Empezaron a sonar los
temas de Bee Gees, como para calentar la máquina. Esto hizo que de inmediato
despertasen los bailarines. El cuadro mostraba una multitud sedienta de diversión, la magia de un
sábado por la noche del conurbano ya se había puesto el traje de gala, los
colores de los asistentes brillaban más que una hora atrás. Las mujeres se
movían exhibiendo esa plasticidad de barrio que tanto seduce, como si la danza
fuera un invento bonaerense: por ahí lo es y el prejuicio porteño lo ningunea.
Siempre es inquietante ir a bailar, llevar curiosidad a un lugar colmado de
desconocidos. Eso de moverse en medio de un desfile de caras nuevas, miradas
anónimas, viejas ansiedades, ciertas calenturas temporarias, la contemplación
que muere en minutos da una adrenalina que pica. Por esos años era casi la
única posibilidad de entablar relación con alguien del sexo opuesto, aquello de
mover el esqueleto era solo un pretexto.
Empecé a contabilizar que las
mujeres, se
iban multiplicando, algo que nunca sucedía en ningún boliche. Se cortorneaban
más seguras que esos tipos que comenzaban a dar muestras de dureza, de sorpresa
tardía, como si ninguno tuviera un plan y solo atinaran a dejarse llevar por lo
temerario que empezaba a circular. Muchas bailaban entre ellas, costumbre
inusual.
Tenemos un historial de visitas,
viajes, incomodidades tan atípicas como pasajeras. Pero la presencia de mujeres
bailando dentro de pantalones ajustadísimos traía la visión de que ciertos
ideales, u ocultos destinos, estaban ahí para que podamos mirar más de cerca al
horizonte. De golpe uno se ve rodeado de incógnitas pero
empieza a imaginar una nueva vida, como si de pronto encontrara huellas de
viejos amores o un camino que conduce a la reparación. ¿Quién sabe lo que está
pasando por la cabeza de esa gente? Ni siquiera se piensa en las
circunstancias, solo uno empuja, se empuja, inventa una utopía propia que dura
no más de cinco minutos, pero no importa, es bueno eso de ir detrás de sueños
cortos. ¿qué sucederá en la mente de las morochas del conurba? Esa es una
pregunta que le queda grande a La Academia de Platón, la pregunta que al sonar
provoca que los psicoanalistas tiren la toalla.
Estalló un ruido tan insólito como
inclasificable, como de guitarrista apagando el sonido abruptamente, lo que los
músicos llamamos staccato. El bajo de
inmediato se calzó unas síncopas rumbo a la incitación. La batería lo confirmó
todo. Una voz repetía “Sugar, sugar…”, lo reconocí, era Rod Stewart. Miro
hacia la pista constatando que todas las minas están unas junto a otras. Ellas
de un lado, los tipos del otro. Si lo organizaron no me di cuenta, no estaba
prestando atención, mal lo mío.
Volví a avistar pero con más
concentración, entonces veo que todas hacen el mismo paso, bueno, no
exactamente igual pero sí muy parecido. Creo que nadie se da cuenta de que las
cosas mutaron, que la acción es otra con una puesta en escena casi perfecta. Stewart
canta “Ella se sienta a solas, esperando
sugerencias, él está muy nervioso, evitando todas las preguntas, sus labios
están secos, el corazón de ella palpita suavemente, no sabes exactamente qué es
lo que está pasando”.
Rítmicamente, el cantante relataba
una correcta descripción de lo que venía sucediendo desde que empezó la
canción.
Bailo haciendo lo mínimo, no puedo
actuar de otro modo. Los brazos, las piernas, ya no me pertenecen, algo se
adueñó de los cuerpos masculinos condenándolos a moverse apenas, mirando la
nada compartida. Percibí que mis movimientos no importaban, la posta sucedía
fuera de mí. Mónica está bailando distinto, ensaya pasos suyos pero hay algunos
inducidos desde otro estado, vaya uno a saber en medio de todo esto quién marca
el paso. ¿El inconsciente colectivo femenino? Mónica mira distinto, con cariño, pero queriéndome
transmitir un mensaje oculto. Hay en el aire algo furtivo, nunca confesado,
pero que busca socorrerme, lo cuentan muy claramente sus ojos ahora más oscuros
pero brillosos.
La voz parece acomodarse como para
dar una guía, levanta el volumen, parece excitarse y dice: “Si querés mi cuerpo y creés que soy sexy, vamos cariño, hacémelo
saber, si realmente me necesitás solo tenés que llegar y tocarme, vamos cariño,
decímelo…”.
Pero yo no puedo decir nada, loco,
si no me sale la voz, ¿no ves que no puedo avanzar y acariciarla? Es como si a
mi cuerpo eso nunca se le fuera a ocurrir. Entonces empiezo a pensar que acá
hay gato encerrado, no puede ser que ningún tipo se pueda adelantar, ninguno
toca a su mina, todos estamos moviéndonos por inercia, somos solo eso. Hilos invisibles bajan del techo, nos mueven
y no nos preguntan porque no interesa nuestra respuesta, estamos ahí solo para
mirar sin comprender. Hago un esfuerzo por observar sin asustarme. Lo mío es
titánico pero finalmente lo consigo. Empiezo a entender, me doy cuenta porque
Mónica, por primera vez en este ratito, me sonríe con cierto orgullo.
Si una regente dio la orden no la
vi, pero ahora todas a la vez alzan el brazo derecho, bailan, me quedo
esperando que hagan lo mismo con el izquierdo, pero esto no sucede. Siguen así.
Luego lo bajan y alzan el izquierdo, me sorprendieron.
Hay alrededor una fiesta pagana
femenina, los tipos estamos ahí, dibujados desprolijamente, sin habla, la
mayoría espía pero no caza una, ni siquiera simulan inteligencia. Lo de las
minas es una clase magistral. ¿De dónde
sale la gracia que exhiben?, se preguntan los ciegos. Todas apuntan con esos
pechos vivientes a lo mejor que sucede a pesar de la ignorancia reinante. Los
mueven de una manera acrobática, mis ojos tratan de acompañar, intentan verlo
todo pero se cierran lentamente, resignados a quedar afuera de tanta belleza
desplegada. ¿Cómo se verán mis pupilas? ¿Se verán o serán una alucinación de
aquellos ciegos?
Las chicas dan un pequeño paso
adelante con su pie izquierdo, espero que adelanten el otro, pero eso no
sucede, otra vez quedo pagando. Levanto la vista observando otros movimientos
cuando adelantan el pie derecho. Yo lo sabía, manejan la sorpresa, cuando
espero una acción no responden, cuando ellas lo disponen lo hacen y yo ando
desatento. Ahora sus brillos dan un mensaje, sí, capto, la belleza puede estar
cerca, es más, puede que esté al lado nuestro, caminando con rumbo preciso. Hay
una enorme soledad que espera agazapada, es prolija a la hora de delinear cosas
tristes y uno se encierra, se enceguece. No más encierro, loco, no más quedarse
atrapado en medio de una historia infame.
Esas tetas ahora van todas juntas, a
la misma velocidad, no importa los tamaños ante tamaña sinrazón de mirar lo
hermoso con la ignorancia de los prejuicios. Anuncian que los carceleros han
sido expulsados y devueltos a sus cuevas sangrientas. Algo me dice que en este
instante en las piernas se escriben razones. Marcan el ritmo junto con el
baterista, lo superan y el batero lo sabe, entonces repite el mismo patrón y de
ahí no se mueve, no quiere arriesgar, sabe que va a perder. Los pies pisan como
acariciando las baldosas grandes, giran apenas, avanzan, se tuercen, retroceden
y saben muy bien por dónde volver.
Nosotros, encadenados de
modo invisible, lo único que vemos son sombras reflejadas en la pared, pensando
que esa es la realidad. Algo así como el fuego de la parrilla iluminando al otro lado de
la pared. Los tipos vemos las sombras proyectadas por objetos que son
manipulados por personas que pasan por detrás, segurísimo que no son del club,
incluso posta que no son de Moreno, loco, ¿serán de Padua? ¡Guarda, eh! Pero no estoy en condiciones de
entender un carajo, aunque ya no me duele porque sé
que siempre va a ser así. No es resignación sino una porción de sabiduría.
Eh, ¿qué pasó? Preparan algo después
del estribillo… ya viene, ya se viene. Entre el bajo y la batería abren paso,
claro. Es el momento del solo de saxo. Arranca con sensualidad clavando una
nota aguda que parece aturdirme, pero no, ingresa en mis oídos y me acaricia.
Mónica se dio cuenta, lo dice con una mirada tranquilizadora dando la orden de
acurrucarme.
Uno muchas veces se comporta de
acuerdo a lo que percibe, creyendo estar frente a una realidad determinada.
Mientras actúo, porque casi no coordino, trato de hacer algo decoroso con el
cuerpo: tiendo a pensar que estoy buscando una cosa que me ayude, pero no sé,
no paro de dudar, desde que empezó el tema que estoy así.
Algo encubierto se vacía y estoy
ahí, tratando de imaginarme cómo será mi vida luego de todo esto. ¿Qué voy a
hacer con semejantes revelaciones?
Primero, tratar de comprenderlas, pero no sé si eso me va a surgir, pareciera
que no. Tiendo a suponer que los otros tipos están siendo invadidos por unas
pobres creencias fantásticas, ensoñaciones trepan por sus espaldas pero en las
caras solo noto la desazón de no saber generar nada, o muy poquito, solo la
capacidad que alcanza para fichar, que también tiene lo suyo, lo reconozco,
pero resulta que ahora nos toca estar acá, tratando de conseguir un gol del
honor que evite una goleada difamante.
¿Los que están alrededor que estarán
viendo? Hay un realismo casi mágico en los ojitos de Mónica: mezclan el
humanismo con el recuerdo infantil de lo que se soñaba para uno. Esa nota
agudísima que clavó el saxofonista me pegó fuerte, cuesta sobreponerme, me
muevo con ese bisturí clavado en la nuca. Finalmente lo hago porque un sonido
de guitarra, su eco, genera una tensión que pronto me lleva a levantar la
vista. Veo otra vez a las minas moviéndose como en una coreografía ensayada
durante meses, giran, se ponen de espaldas dando comienzo a otra serie de
pasos, la variación constante frente a la quietud, lo de siempre.
De fondo están el bajo y la batería
haciendo su propia versión del asunto, tienen su rato de gloria.
Mi vouyerismo se torna insaciable. ¿Cómo saben que deben moverse así? Mónica nunca
estuvo acá, o no me lo dijo, no conoce a todas estas mujeres, ¿por qué hace lo
mismo que todas y con tremenda coordinación?, ¿cómo lo sabía?, ¿cuándo se
enteró que iba a suceder esto? Entonces me mintió al decir que lo escuchó por
radio, se ve que alguna mujer la puso al tanto y le dio órdenes. Ahora entiendo
aquel énfasis que le puso al comentarlo cuando estábamos en la esquina del
barrio, ¿no ves que somos unos boludos que nunca nos damos cuenta de nada?
Las mujeres se muestran, son
planetas desconocidos, se transforman en mapas que solo pueden leer los que las
aman, eso está dicho en el aire, entendido. Podrán mostrarme paisajes que
sueñan con la poesía, montañas egocentristas, mares ingenuos, pero yo estoy
acá, moviéndome apenas, descifrando buenas noticias, mientras miro infinidad de
caderas que son revoleadas a espaldas de la derrotada ley de gravedad. Ley que
ahora yace en el piso, amargada, se levanta como puede, nadie la ayuda, que se
joda por soberbia y mentirosa, pedazo de vigilanta. Se incorpora torpemente,
mira para todos lados porque se siente avergonzada, mira hacia la parrilla,
¿querrá un choripán? No le gusta caerse delante de la gente que ni siquiera
ríe, no, nadie le da bola lo cual es mucho peor. Un grupo de sirenas no canta,
despliegan una danza que atrae, producen una sensación que ordena dejarse ir,
pero esta vez el abismo será reemplazado por un paraíso novedoso y los viajeros
vamos en silencio, un silencio ajeno, prestado y con mucho uso, ese que no
asusta.
Miro con lentitud hacia ambos
costados, los culos de la Historia acarician el aire, lo tensan para luego
devolverlo relajado. Saben que es la manera más tonta de llamarnos, pero es la
ley que nos cabe. Son rasgos hipnóticos que vinieron con la noche, son
desafiantes, inquietan, los zamarreos del oeste. Todas bailan como alrededor de
una fogata mientras una bruja lee una vieja leyenda que regresó por más locura.
Llega una blanda vibración en medio
de la música. Allá vamos sin certezas, confiamos ciegamente en las sirenas, nos
abandonamos a las ilusiones, esas que ya olvidamos o que quizá nunca conocimos.
Estábamos descubriendo un nuevo tipo de espera, una que va a los saltos entre
la esperanza y el temor a lo desconocido. Me pareció que muchos fantasmas
salían de raje, es que algo estrambótico se vio de repente, supuse eso, como se
verá no estoy muy seguro, pero creo que el estado nervioso regresó por unos
segundos y me cagué todo, hacía un rato que iba confiado. De un segundo a otro
empecé a convencerme de que a partir de ahora iba a tener al alcance de la mano
una mejor versión de mí mismo. Estaba lleno de suposiciones, deseos, visiones
futuristas. Esa noche el piso era obligado a recibir visitas de cosas innobles.
No es una jornada para entes soberbios. Una noche de suspiros, en donde todo lo
racional hace un
papelón. Dicen que el Conurba Oeste es temible.
Todo se fue aquietando, el tema se
iba despidiendo mientras las mujeres se colocaban frente a cada tipo,
recuperando el lugar que tenían al empezar. Me pareció ver que muchos pibes
seguían sin darse cuenta de los mensajes recibidos, de las imágenes proyectadas
sobre todos nosotros. Claro, uno sabe que siempre construyen sobre nuestras
vidas situaciones que no nos pertenecen pero algo se nos mete, o queda
rebotando ahí, lástima que eso se va deteniendo sin que el chabón lo perciba, entonces la
mujer se da cuenta y se va. Es un duro castigo pero el imbécil corre con
ventaja: nunca se va a dar cuenta, tiene un mecanismo de negación que lo hunde.
Mientras tanto iba planificando mi regreso. Mónica sabía que me había dado
cuenta de casi todo, o al menos de una gran parte, así que se acercó a ritmo,
sin parar de bailar se acomodó en la baldosa en donde estaba e intentó hacer un gesto de
normalidad. Yo no le dije nada, me hice boludo como tantas veces. Creí entender
que esa debía ser mi actitud, si es que había comprendido el mensaje de
semejante confabulación.
Pensé que la solución era reunirme
en la semana con Carlitos Tecno, pasarle todos los datos, contarle las imágenes
vistas, las imaginadas, respetar la cronología de los hechos y de ahí en más
dejarlo que haga sus cálculos. Necesitaba escuchar asociaciones y teorías que tendieran puentes entre mis observaciones y sus conocimientos
científicos. Con esas informaciones él podría encontrar una respuesta.
Así que seguí bailando tratando de
disimular sin tocar el tema. Ella tampoco preguntó nada, se mostró con una
absoluta indiferencia con respecto a lo sucedido. Miraba como diciendo “si
entendiste no tengo nada que agregar, actuá en consecuencia; ahora, si no
entendiste nada, todo seguirá su curso hasta que el cielo decida dejar caer una
tormenta que inunde todo, dejándonos en islas diferentes y alejadas”.
En un momento fuimos al baño.
Pregunté a Koki y a Alfredo si vieron lo que yo vi, y de inmediato cabecearon
afirmativamente, con ojos de fascinación y miedo. Oscar, Ismael y Ángel dijeron
que en ese momento habían vuelto al bufet, de manera que no sabían de qué
estábamos hablando. Decidimos seguir como si nada, nos dimos la orden de no
hacer ningún comentario frente a Mónica. Regresamos a la pista, tomé a Mónica
de su mano izquierda y salimos a bailar. Los otros comenzaron una nueva ronda a
la búsqueda de la susodicha que les salve la noche.
II
Un turbio martes 13 comenzaba a
cerrar su boliche para cabuleros cuando descendí del colectivo 55 en Nazca y
Rivadavia, justo donde Flores parece desarmarse y pasar a
llamarse Floresta. Apuré el paso porque ya quería estar en la casa de Carlitos
Tecno para contarle la tremenda experiencia.
- Bueno, a
ver, con los datos que me pasaste por teléfono fui armando una serie de ítems
como para ubicarme frente al tema y desde allí esbozar unas pautas analíticas
que den cuenta del fenómeno. Anoté cosas sueltas que te iré comentando, quizá
con algo de desorden, pero prometo rearmar todo, priorizar una cronología como
para tener una primera impresión de lo sucedido y después ir hacia una
arqueología que nos explique algunos puntos troncales.
- Antes tengo que
confesarte un par de cosas que pueden ayudarte: ayer me contó Alfredo que yendo
en el subte al laburo escuchó a dos pibes contar que el sábado fueron a bailar
a un lugar en San Justo, y hacían mención a algo parecido, un montón de minas
en una coreografía rara, inesperada, y eso no es todo… ayer, mientras esperaba
el bondi en Palermo, escuché a tres chabones describiendo algo así pero en un
boliche por Haedo. Oscar escuchó en la radio acerca de un suceso extraño en un
club en Merlo. No sé, por ahí te sirve de algo.
- En efecto, es de mucha
utilidad, o sea que decidieron atacar en el oeste, tenemos ya cuatro lugares:
Moreno, Haedo, Merlo y San Justo, localidades del oeste.
- ¿Y eso qué significa?,
me quedé pensando en eso de las conspiraciones...
- Flenin, sin lugar a
dudas esto que presenciaste el sábado fue una conspiración, tu novia formó
parte de ese mecanismo. Yo pienso que lo que ella buscó… esperá, a ver si me
explico mejor, creo que ella se prestó para que vos comprendas algo ignorado,
convengamos que te abrió una puerta.
- Me suena raro esto de
una conspiración y Mónica metida ahí.
- Eso lo tenemos que
configurar. Abordar el movimiento dialéctico entre la historia individual y el
contexto general. Vos hablaste de una confabulación femenina. Estando ahí
tenías la sensación de que todas lo sabían, y claro que estaban al tanto. Date
cuenta que las teorías conspirativas y las confabulaciones hicieron la
Historia. Nada sucede si primero no hay una conspiración.
- Si pienso en sucesos
de la Historia te doy la razón, o, al menos, empiezo a dudar…
- Es que esto debía ser
presentado a través de un complot. Supieron golpear en el momento indicado con
el mensaje adecuado, en un día particular. Hicieron la lectura correcta de qué
tipo de hombres iban a presenciar los hechos y supieron elaborar un plan para
tomar esa energía que viene de la frustración, de la sinrazón actual masculina,
para transformarla en una materia manipulable a sus fines políticos, sociales,
sexuales, afectivos. Decidieron intervenir sobre la música con la idea de
transmitir nuevas significaciones que ellas necesitan imponer para delinear un
nuevo imaginario de sentido.
- Si vos lo decís.
- Vamos a establecer
relaciones. Para ir desarmando el fenómeno pensemos que el sábado fue 10, un
número considerado perfecto, es parte del cuerpo humano, en manos y pies, se
eligió esa cantidad para enmarcar. Otra resultante, los Mandamientos cristianos
y también los budistas son 10. Según los pitagóricos, es un número ideal, también considerado sagrado por significar la
suma de los cuatro primeros números consecutivos, es decir, 1 +2 +3 + 4 igual
10. Además, siempre se reconoció que es la suma de los cuatro elementos de la
creación, el agua, la tierra, el
fuego y el aire. Prosigamos,
ubicándonos en tiempo y espacio: esto sucedió en Moreno, en pleno oeste, que significa la
tarde. Los griegos llamaban así a la península Ibérica, un modo poético de
hablar de lejanía, de cierta poesía del ocaso, de encontrar un lugar para
expresar mensajes sagrados. Este año, 1979, en el horóscopo chino representa a
la cabra, el magnetismo, una gran relación con la naturaleza, un mensaje sobre
el amor. Al investigar algo concerniente a lo femenino, antes de ir hacia lo
científico siempre conviene darse una vuelta por el entramado místico.
- Ah bien, algo de eso
se vio en lo del sábado, hubo un mensaje que apunta a lo afectivo, digo esto
por lo de la cabra china. Dejame pensar bien. Otro elemento. Vos sos músico,
sabés que en los temas rige un pulso, en este caso es 116, que es un número natural,
por tanto entero, racional y real.
- ¿Y eso qué me explica?
- No te apures, dejame
desmenuzarlo, tiene seis divisores, 1, 2, 4, 29, 58 y 116, ya voy a encontrar
algo por ahí.
- Te tiro un dato: ese
es un pulso interesante, no es el clásico bailable de 120 pero se le arrima
bastante.
- Sí, yo creo que en un
pulso a 116 podés decodificar mejor que con 120, acá la tarea fue la producción
de una representación cultural que condense un universo discursivo.
- Pero ahí había muchos
tipos, Carlos, ¿vos decís todos fuimos llevados a través de un engaño?
- Seguramente, Flenin,
la mirada analítica da cuenta que allí hubo un pacto. Mónica lo comunicó, lo
hizo frente a un grupo de gente, o sea te convocó delante de testigos. Si vos
no ibas, la condena era mayor. Ya iremos vinculando los mecanismos sociales con
las necesidades individuales. Y desde las instancias de producción abordaremos
cuestiones más totalizantes, no va a ser tan complicado.
- No entiendo un carajo,
loco, hace un rato que no sé de qué carajo estás hablando...
- Mantené la calma,
después vamos a ir explicando los puntos, ahora vayamos atando cabos en
general. Trataré de ser más claro. El instrumento que lleva el tema, que hace
lo más notorio, rítmicamente hablando, es el bajo. Lo llamé a un amigo bajista,
Tito Merco, y me dijo que el tipo toca todo el tiempo sincopado para contagiar
movimiento constante, es decir, produce un mensaje mediante la acción, es más
trabajoso así reflexionar, pero está muy bien calculado. Hablaste de una nota
que clava el saxo: me fijé y es un Do, nota que vibra en 396 hercios de
frecuencia. Se dice que es utilizada para la liberación del miedo y la
culpabilidad. En el summun del tema, en el minuto 2,45, el bajo queda solo, se
hace cargo de todo emitiendo el mensaje bien claro. Y un factor a tener en
cuenta para identificar una cátedra de femineidad: en el minuto 3,54 el
baterista ingresa en estado de suspensión, induciendo a que se termina el tema,
ya casi no hay ritmo, comenzamos a pensar en lo que viene, nos desconcentramos,
entonces al minuto 4,18 da una señal para lanzar el tema nuevamente.
Impresionante, es una antigua táctica femenina llegada de Oriente, el arte de
simulación del final. Entrenaron muy bien al batero. Ojo con los bateristas.
- Sí, esa parte que
dijiste del bajo la recuerdo posta, es súper rítmica, incluso lo que toca el
chabón es un moño, la hace difícil, tiene mucho swing.
- Pero claro, Flenin,
¿qué te pensás, que van a dejar a un simplón que exprese lo que quieren
comunicar? Volviendo al asunto del grupo de mujeres que se vio en los lugares,
te cuento una pista: en
la isla de Chipre, donde nació Afrodita, diosa del amor y la fertilidad, las
mujeres realizaban danzas rituales eróticas mediante las cuales se ponían en
trance. Esto les permitía entrar en contacto con la diosa y que ésta les
pasase su poder. En estas ceremonias participaban gran número de mujeres, ¿se
entiende?
- Totalmente… se agruparon para
obtener poder.
- Se reagrupan para reafirmar el
poder propio y al estar en contacto con el grupo generan una energía que les
multiplica la velocidad. Van desde el reposo hasta la velocidad indicada. Una
vez conseguida esta energía durante la aceleración, el cuerpo mantiene su
energía cinética salvo que cambie su velocidad, pero ahí se recuestan sobre el
pulso 116. Para que el cuerpo de la mina regrese a su estado de reposo se
requiere un trabajo negativo de la misma magnitud que su energía física.
Sabían que no iba a suceder desde lo externo, ellas lo manejaron.
- Pero Mónica no entiende un carajo
de todo eso, Carlos. Todavía ni siquiera tuvo física en la escuela.
- Sí, pero pertenece a una
corporación que rige por encima de los conocimientos particulares, tenía la
orden de dejarse ir. Vos dijiste que en el momento de las representaciones
culturales estabas impactado, sin capacidad de reacción, con tu cuerpo como ausente,
porque la profundidad de penetración es proporcional al cuadrado de la
velocidad de impacto.
Por suerte, Carlos tenía que ir a
buscar a su novia y debía salir. Lo digo porque mi confusión a esa altura del
día, sumada al cansancio del laburo, me superaba. Fueron demasiadas situaciones
incomprensibles, argumentos fuera de mi alcance. Entonces salimos a la calle
despidiéndonos al segundo.
Fui hacia el lado de la avenida
Rivadavia, que estaba desolada. Pero no tanto: vi algunos tipos que a medida
que pasaban giraban para mirarme. Se me ocurrió caminar varias cuadras por
curiosidad. Fueron diez exactamente y no me crucé a ninguna mujer. Subí al
colectivo, el interno 13, y claro, eran todos tipos solos con la vista clavada
en las ventanillas, como dejando ir la esperanza.
La visión era cuasi teatral. Sobre
las veredas se veían tipos estaqueados, con ropa de invierno, muchos con
bufandas rojas. Imagen que no inquietó a nadie, todo era resignación y pronto
olvido. El chofer miraba de modo singular por el espejo, tramando algo, de esa
manera logró que todo el viaje fuera intranquilo. Decidí bajar en Serrano y
Corrientes. Caminé frente al mismo cuadro observado en Flores y Caballito:
poquísimos hombres y ninguna mujer. En los colectivos que circulaban comprobé
que solo viajaban chabones. Apuré el paso, doblé como una moto en la avenida
Juan B. Justo, con ese recorrido me desviaba varias cuadras pero tenía
necesidad de confirmar sospechas. Doblé en Añasco. Llegué a mi calle
Belaustegui cuando la oscuridad parecía ser superior a la de otras noches.
Altos árboles envolvían aún más las sombras que bajaban presurosas, dejándose
caer sobre la vereda con desgano. La escasa luz esfumándose sobre los adoquines
viejos no pintaba con colores definidos, mientras unas hojas muertas improvisaban
un blues que se arrastraba. Caminaba mirando alrededor en medio de un
sospechoso silencio. Ingresé a mi casa, ladró
Ringo y cerré enseguida. Pero nunca supe de quién estaba a salvo.


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