Mejor no hablar de ciertas cosas
El `84 no
quería pasar a retiro sin antes tener su propia fiestita de Navidad, y la
verdad que lo tenía bien merecido por haber sido un año tan dinámico. Su
velocidad, la voluntad de cambio que fue imponiendo con el correr de los días,
ciertos espacios de lucha en pos de recuperar tanto tiempo perdido, y la lenta
agonía de esa dictadura de mierda que ahogó años y gente y que comenzaba a
alejarse, lo dotaron de un peso específico propio dentro de un extraño envase
de 365 días.
Eran épocas
para alimentar regresos, despertar sueños, y hasta planificar la revancha tan
ansiada, porque había mucho por saldar. Por aquellos que nosotros quisimos o
respetamos y que todavía seguían ocultos, quizá para siempre. Pero esto no
debía quedar así porque había culpables y responsables esperando por castigos y
condenas.
Por ese entonces
estaba en pareja con Claudia. Con ella a veces convivíamos y a veces no, eso se
determinaba de acuerdo a la luna. En marzo del `85 ella debía volver a San
Pablo, para hacerse cargo de una de las empresas del padre y, como su
permanencia allá seguramente le llevaría varios meses, no quedaba a la vista
otra solución que un divorcio racional, simplemente ese fue el juego que se
dio. Además, mis planes para el nuevo año eran muy diferentes, no me servía de
nada radicarme en Brasil. Tenía buenos contactos como para ir a tocar en muchas
ciudades de las provincias y no podía dejar pasar semejante oportunidad. Por
otro lado estaba encaminado el proyecto de hacer un nuevo disco, con todo lo
que esto representa: producción, dinero, músicos, arreglos, ensayos, etc. De
manera que el nuestro era un divorcio feliz, no estaba ese componente trágico y
enfermo que suele acompañar a este tipo de resoluciones. No, acá se hablaba de
planes concretos, de deseos a consumar en forma individual, y entonces todo
pasaba por otro filtro. A ella la esperaban muchos billetes brazucas, yo acá
juntaría muchas aventuras.
Con todos estos
ingredientes a la vista, nuestras fiestas de fin de año no iban a ser otra cosa
que la celebración de un divorcio de puntos suspensivos.
Lejos de todos y
al borde de nosotros, nos fuimos organizando una íntima Nochebuena. Por el lado
de Claudia era sencillo. Su madre, que vivía en Buenos Aires, estaba
acostumbrada a quedarse sin Claudia unos meses, aunque ahora se agregaba un
detalle jugoso: tenía un nuevo marido, y eso la ocupaba bastante luego de
largos años de sequía. Mi caso requería de un tratamiento diplomático… en otras
palabras, de mentiras piadosas para con mis viejos. Si con un buen verso todos
quedábamos felices, ¿para qué complicar?
Desde la mañana
del día 24 salimos a la calle decididos a hacer acopio. Recorrimos almacenes
del barrio, fruterías, una granja y un par de supermercados. Compramos
suficiente vino, sidra, ananá fizz, frutas, turrones de maní, pan dulce de Los
Dos Chinos, bien bacán, y demás elementos para la ocasión. Claudia adornó la
casa a la brasileña, bah, en realidad esto es algo que se me ocurre a mí a
manera de explicación, dado la sorpresa que tuve al llegar a casa y encontrarme
con el living adornado con guirnaldas, luces de colores, el arbolito al taco,
figuras hechas con papel que colgaban de donde podían y frutas de todos los
colores. Como se darán cuenta, este tipo de ornamentación no es nada argenta.
Entendí todo mejor cuando ella me explicó que al final de cuentas se trataba de
festejar ni más ni menos que un cumpleaños.
Cuatro
sahumerios, uno en cada punto cardinal, aromatizaban el comedor obligando a
mosquitos blasfemos a realizar hábiles aterrizajes. Las moscas, más suspicaces,
espiaban de reojo desde el otro lado de la ventana, mientras hacían vuelos en
círculos a manera de reconocimiento de los dulces. Seguramente las acomplejadas
cucarachas del barrio se encontraban agazapadas bajo el cordón, esperando por
la oscuridad. Las ratas, para no ser menos que los humanos, tendrían su propia
fiesta masiva y a precios populares a tres cuadras de allí, en la zanja que va
bordeando las vías del ferrocarril San Martín, abarrotada de residuos porque ya
se notaba la ausencia de los basureros.
Perros y gatos,
cristianizados desde hace tiempo, iban acomodándose en sus respectivas mesas
mientras se contaban recelos familiares. El gran banquete natural estaba
servido y los invitados soltaban, poco a poco, alegrías, gestos melancólicos,
recuerdos infantiles y hasta cierta adrenalina navideña. Con semejante cuadro
zoológico ante nuestros ojos, que nadie vaya a dudar de las reservas ecológicas
de mi Buenos Aires querido.
En la cocina
estaba la estrella principal de la velada: un pollo a la caipirinha que Claudia
venía adobando desde la noche anterior. Se había tomado con mucha
responsabilidad, y no es para menos, el hecho de cocinar en un día así.
Tanto como para dejar bien sentada
mi condición de porteño no tuve mejor idea, y a manera de carta de
presentación, que preparar una picada de aquellas, con todos los chiches y su
respectivo vermú, incluida una tabla de quesos y hasta jamoncito serrano
español que compré en un lugar reconcheto de la avenida Callao. Cuando el reloj
de la cocina decía que eran las nueve y cinco sonó el teléfono:
–¿Atiendo? –Claudia
dudó.
–No, dejá… –
respondí indiferente y seguí cortando el jamón.
–Bueno,
puede ser alguien que quiera saludarte… ¿o tenés miedo que sean tus viejos…?
–No, no son
vigilantes.
–Bueno, no
seamos paranoicos, seguro que es para saludarnos.
Del otro lado del teléfono, la voz de Mariana entraba
en escena. Mariana era amiga de Claudia desde hacía bastante tiempo. Se
conocieron en Bahía, la brasileña, y hasta compartieron una casa durante varios
meses. Ahora residía en Los Ángeles y llegaba a Buenos Aires para pasar las
fiestas. Ni bien pisó Ezeiza movió cielo y tierra hasta que averiguó el
paradero de Claudia.
– Dice que
llegó anoche y que tiene muchas ganas de verme... ah, está con un chabón, ¿les
puedo decir que se vengan para acá? –susurró Claudia mientras cubría el
teléfono.
– Y sí… está
todo bien –me conformé de inmediato.
Arreglaron el encuentro mientras Claudia le explicaba
con precisión de taxista la forma de llegar. Automáticamente, el estado anímico
de Claudia se dedicó a pintar lo poco que aún le restaba colorear. Fue rumbo a
la cocina cantando una bossa desconocida para mí. La manera extremadamente
sensual de hacerlo produjo la primera emoción de la noche.
–¿Te acordás
de Mariana, no?
–Sí, la
rubia antropóloga…
– … yo soy
tan ingenua… mirá si justo vos te vas a olvidar de una minina que está
fuertísima.
–Y bueno,
che, es mi trabajo…
–Dice que
alucinó cuando llegó, que ve a Buenos Aires muy cambiada, pocos canas, sin
milicos... mucha gente por todas partes, anduvo por varios lugares y todavía no
la paró la policía...
–¿Y qué
pasó? ¿Encontró un espécimen raro y lo trae para investigarlo? –¡No seas
guacho! me dijo que lo conoció en un boliche, que es músico y tiene una banda,
que vivió en varios países.
–Por ahí el
chabón está solo, vio la oportunidad, y le salió con un verso…
–No, debe
ser así… porque el tipo tiene un acento medio extraño, según ella.
–Y bueh…
–Bueno, pero
igual yo te quiero agradecer que te hayas copado con que venga Mariana… que no
lo sientas como una invasión, mi minino porteñito… –dijo mientras se colgaba de
mi cuello a puro beso.
Mi
respuesta fue un silencio cómplice que tironeaba de una sonrisa cuasi afectiva.
No pude evitar que el cuerpo no me acompañe en la patriada y emita, por cuenta
propia, un mensaje indiferente y con cierto desdén que sonó a compromiso tácito
con el machismo.
La pirotecnia
navideña comenzaba a dar las doce antes de hora, quebrando el aire caluroso del
barrio agitado, y pareció que esas explosiones despertaban el bolsón de los
recuerdos. Entonces aparecieron en mi memoria aquellas noches de cuando éramos
pendejos, cuando recorríamos las dos cuadras que representaban nuestra zona
metiéndonos casa por casa. Íbamos recolectando amigos, chanzas familiares,
chistes con doble sentido que aún no podíamos decodificar pero algo intuíamos,
o pedazos de pan dulce a los que les sacábamos las horribles pasas de uva, ante
el rechazo de todos los mayores. En las casas de los turcos nos devorábamos el
jalbá, un postre riquísimo que viene a ser el Mantecol árabe. Entre una visita
y otra hacíamos estallar nuestro propio arsenal compuesto por triangulitos,
petardos, miguelitos, cañitas voladoras, rompeportones y fósforos-cohetes. Para
los buscapiés teníamos un rito especial: le hacíamos una ronda entre todos
antes de encenderlo, organizando algo así como una ruleta rusa para zapatillas.
La melancolía,
apostada en una de sus naves, amenazaba con un sitio prolongado. Conociendo el
tipo de situación, decidí rumbear para otro lado, así que me fui para la cocina,
en donde la chef marcaba de cerca el pollo a la caipirinha. Me encomendé a una
virgen fiada para que la melancolía navideña no pasara por mi cabeza.
Cuando se agachó
para ver dentro del horno se me ocurrió hacerle un chiste, una boludez, pero
preferí callar. Tenía que ver con el hecho de que cocinaba un pollo y al
agacharse mostraba un pavito impresionante, pero bueno, dejé la grasada porteña
para otro momento, aunque reconozco que la pensé. Todavía no puedo contra esas
cosas.
Exactamente a las diez menos cuarto
sonó el portero eléctrico. Claudia y Mariana prolongaron el abrazo desde el
recuerdo hasta la esperanza, con palabras de filetes y arabescos, en blanco y
rojo como aquellos vistos en la retaguardia de algún furgón urbano. Con el
chabón nos quedamos mirándolas, porque tenían el eje del asunto.
Claudia nos
presentó con un gesto simpatiquísimo.
– ¿Qué
hacés, loca? ¡se te ve bárbara…! Te cortaste el pelo y te hace más pendex…
Ella lo
festejó con un movimiento de la cara.
–A vos te
conozco –dije sonriéndole al tipo.
–Ah, ¿sí? –pareció
no creerme.
–Del café Einstein,
te vi con la banda… (Este es del palo, sí, si tiene una baranda a fumo
impresionante.)
El tipo
asintió con sorpresa y fue creíble.
Las dos
mujeres estaban más que eufóricas. Flasheaban entre ellas, hablaban fuerte y al
mismo tiempo en una especie de lunfardo brasileño cerradísimo. Enseguida fueron
a la cocina con su escandalosa lozanía y allí mezclaron ruidos de vajillas con
risas y gritos. El eco de los apretones llegaba hasta nosotros, que nos íbamos
acomodando en el living.
El chabón se levantó al ver mi
biblioteca colmada de cassettes. Se arrimó e inmediatamente se puso a rastrear.
Lo veía muy interesado mientras hacía gestos con la cabeza ante algunos
intérpretes.
–Sos
abierto, según veo, acá tenés de todo, man… pero en especial música inglesa… y…
rock de acá… tango, ah, música oriental, pero veo que hay pocas cosas yankees…
Miraba todas
las pilas de cassettes sin perder detalle alguno. Me gusta la gente que repara
en las cosas importantes de una casa.
–Sí, como
verás me copan mucho los ingleses, y el rock de acá siempre me pareció
impresionante, para mi gusto después del rock inglés y del yankee viene el rock
argento, hace veinte años que la venimos rompiendo…
–Hay cosas
buenas, sí… –no fue muy convincente.
–De los
norteamericanos me caben los bluseros y varios músicos de jazz, lo demás me
aburre bastante, sobre todo el folk, que parece una pasta para dormir. En
general las bandas de rock yankees no me gustan, y las de pop me parecen una
cagada. Lo que pasa es que tienen mucha guita y entonces hacen cosas ampulosas,
con mucho show, sonido poderoso, pero en el fondo mucho no me convence, deben
tener poco para decir, y claro... como tienen todo solucionado y encima tienen
que juntar guita para mantener a los marines, financiar los bombardeos que
organizan cada dos por tres. Pero el jazz me cabe, es otra onda, la de los
negros, tiene toda una historia, además estudié siete años en una escuela de
jazz, así que imaginate…
–En parte
tenés razón, el pop de ellos es muy careta, pasa que van a la guita y punto…
–Vos sabés
que con el cine de ellos me pasa lo mismo, resulta que la producción y los
efectos son terribles, pero la trama y el guion no existen, no mandan ninguna,
no me parecen creativos… creo que los tipos capos que tienen no son muy yankees
que digamos, más bien son hijos de inmigrantes, como Scorsese, Brian de Palma,
Coppola, o el ruso Woody Allen…
–A mí me
gustan los grupos americanos viejos, tipo The Doors, que eran increíbles, Jim
Morrison la tenía muy clara… le abrió la cabeza a mucha gente.
–Sí, el tipo
era un poeta… pero el grupo en sí, no sé… creo que no aportaron mucho, pasa que
el chabón era un fenómeno, y como se murió en pleno apogeo entonces se armó
toda esa cosa necrológica… ya sabés… (ahora me acuerdo, este chabón canta en la
onda Morrison, tiene una voz así... grave).
–Me parece que vos estás mal copado con la política
yankee, por ahí es el prejuicio latinoamericano, y te la agarrás con los
músicos...
–Y, puede ser, pero siendo un país tan grande, con
tanta gente, si te fijás la proporción hay poco talento, loco. Acordate que en
el rock, que lo inventaron ellos, los ingleses les rompieron bien el orto.
Además no te olvides que el ídolo de ellos es Elvis, que era un milico de
mierda, loco, un careta que coleccionaba armas... le escribía cartas de amor a
Nixon y odiaba a Los Beatles… ¿cuál es?
Mientras me escuchaba con atención tomó un cassette de
Bob Marley, lo puso y contó:
–En
Inglaterra se escucha mucho reggae, mucho Marley, por allá pegó muy fuerte todo
eso… es que las letras son alucinantes, Marley era un filósofo, un crítico
social.
–Acá recién
ahora se largaron un par de bandas, bueno, cuando los vi a ustedes me llamó la
atención que sonaran tipo Marley… acá las pocas bandas que curten esa tocan más
onda The Police.
– Sí, posta
que es así. Yo al reggae lo mamé allá. En Inglaterra llegan muchos negros que
trabajan en los barcos, bajan y se ponen a tocar en los bares temas que no
conoce nadie, pero matan, man. Hay bandas negras en las zonas del puerto que
rompen todo, les patearon el culo a un montón de caretas ingleses… bueno,
después de todo no te olvides que siempre fueron los negros los que trajeron
las buenas nuevas, del blues para acá siempre fue así… además, el inglés es un
chabón al que le cabe bailar, hay un toco de clubes de negros en donde se baila
mucho, se toma mucho...
–¿Cómo se
llaman esos tipos que curten reggae?
–¿Vos decís
los rastas?
–¡Esa!
¿curten toda una onda religiosa, no?
–Sí, les
cabió esa, pero son unos pelotudos…dicen que quieren volver a la tierra
prometida, que según ellos queda en Etiopía.
–¿Justo ahí
qué están como el culo?
–Eso no es
todo: tienen por líder a un chabón llamado Haile Selasie, no sé si lo tenés… es
un fascista de aquellos, el quía es un Mussolini de cuarta, un hijo de puta que
mató un toco de gente. Si los rastas se mandan para allá los va a hacer cagar
de hambre... y en cuanto enciendan el primer porro les manda toda la policía.
–Yo no
entiendo ese tipo de confusiones. Acá ocurre lo mismo con los punkitos, andan
con la svástica colgando y después te vienen con sexo, drogas y rock and roll…
y yo ya no sé si la gente es boluda o se hace… ¿sabés qué pasa? Este es un país
en donde los nazis estuvieron ocho años bardeando mal, loco, y ojo que siempre
anduvieron dando vueltas por ahí, y mientras tanto el rock and roll brilló por
su ausencia, la yuta pudría todos los recitales, las drogas se las tomaban
ellos, y si hubo sexo es porque nos cogieron a todos, de parados y mal… ¿cómo
no voy a estar rayado con los punkitos?
–Y en Europa
también, man. Es que toda esa cosa que arman alrededor de un tipo o un símbolo
es una boludez, como cualquier religión… ¡fuck you!
–Hay
algo que no entiendo: si viviste en Inglaterra, en Escocia, como contaste hace
un rato, ¿qué hacés acá, loco? Hay un toco de gente que daría cualquier cosa
con tal de irse para allá y a vos se te ocurre hacer lo contrario...
–Es una
historia larga, pero mirá, te la hago cortita: me vine para acá porque si no me
moría, man. Rajé de la heroína... mi hermana y un amigo murieron por ella, yo
estuve en coma hepático, hecho mierda, la posta es que me salvé de culo...
tengo un amigo, que conocí en el colegio de Escocia, que es de Córdoba y vive
en medio de las sierras, el loco me mandaba fotos de él con su mujer, sus
pendejos y yo aluciné al ver todo eso… Mientras estaba en plena heroína, para
colmo un psiquiatra me había comentado que en Argentina había locura, rock and
roll, merca, fumo, pero heroína no, y me metió máquina. Yo ya estaba jugado, si
me quedaba allá iba a terminar tirado en un callejón, ya estaba en el paraíso,
en la angustia, y de ahí sólo se sale muerto, por eso me escapé...
–Y sí,
eso que te dijeron es posta, acá hay un toco de cosas pero heroína, que yo
sepa, no. Y si pinta, la van a mover a muchísima guita. Mirá, pensá que hasta
hace poco la merca era carísima y se la tomaban los conchetos, nadie más. Yo
tomé una vez, en la época de la dictadura y porque conocimos a un tipo, un
kinesiólogo de Belgrano, que vendía entre chabones profesionales y a un precio
inaccesible, pero nadie tenía ni un papel, ni en pedo...
–Tienen
suerte de que no pinten las drogas fuertes... allá está palmando mucha gente.
– Y
bueno, acá vas a vivir más tiempo, loco, por fumo no se muere nadie...
aprovechá.
–Sí,
man, pero me la paso chupando ginebra, me estoy haciendo mierda con la ginebra
y no puedo parar...
–No seas
boludo… estás haciendo un curso de cirrosis... mirá que la ginebra es
bravísima.
Pronunciaba
la erre de una forma que me causaba mucha gracia, eso lo deschavaba como
extranjero, aunque era complicado establecer su origen. Lo sorprendente era el
extraordinario manejo que tenía del idioma porteño, del lunfardo rockero,
incluso hablaba por medio de imágenes, algo muy típico de acá. Acompañaba todo
con una gama de gestos bien italianos, moviendo las manos permanentemente, creo
que el tipo era una síntesis.
Aparecieron las
chicas cantando en portugués un samba conocido, y no les puedo explicar la cara
que puso el pelado al verlas mover las caderas como la mejor muñeca de
carnaval. Claudia me tenía acostumbrado a ese tipo de shock, por eso lo mío fue
algo más decente, sólo por eso.
Depositaron en
el centro de la mesa el cadáver de un pollo acomodado prolijamente en su ataúd
de Pírex. Rodeaban al difunto unas papas noissette vestidas a la crema para la
ocasión.
Ni bien sonó el
silbato cada uno de nosotros se dedicó a conjugar en todos los modos y de
memoria el verbo banquetear. Les puedo asegurar, a pesar del tiempo que ha
transcurrido desde aquella noche, que aun puedo recordar el impacto que causó
ese pollo emborrachado en mi modesto paladar villacrespense. Si hasta la
pechuga, mi parte predilecta, gozaba de una humedad desconocida que la hacía
exquisita. Obligaba a masticar con la lentitud de un monje tibetano, porque
daba toda la sensación que sólo a esa velocidad uno podría aprehender su nuevo
sabor.
Por los
parlantes del equipo de audio, Los Beatles no se cansaban de repetirme una y
otra vez: “she loves you, yeah, yeah,
yeah…”, los muchachos de Liverpool no quisieron estar ausentes a la hora de
los buenos deseos.
–Sie
liebt dich, yeah, yeah, yeah… –cantó el pibe y
nadie entendió un carajo. Luego nos explicó que eso era alemán. Al toque
recordé que Los Beatles habían grabado una versión de ese tema en alemán, lo
tenía por ahí en un disco pirata.
Luca se anotó un
poroto trayendo un par de botellas de vino patero que le había mandado un amigo
desde Córdoba y que fueron desvirgadas de inmediato. Tenían una extraña virtud,
muy buscada para estas fiestas: luego del segundo vaso, uno pasaba a resucitar
en el pecho algunos de sus recuerdos más nobles.
Desde afuera nos
llegaban risas en todos los tonos y volúmenes, desde el departamento de arriba,
desde el conventillo de enfrente, o de pibes que ya empezaban a copar la
vereda. Una euforia poco cristiana se adueñaba de Villa Crespo. Seguramente el
barrio hacía su propia interpretación del tema, dotando a sus habitantes de una
confusión sincera que sólo a través de los años, y alejados de la presión
familiar, podemos comprender.
Más de uno, a
esa altura del partido, estaba de la cabeza esperando que den las doce gracias
a los servicios de los dealers que habían trabajado a destajo durante toda la
tarde. Mientras tanto, nosotros le dábamos duro y parejo al pollo, a las papas
fritas y a una verdadera ensalada brasileña que combinaba desprejuiciadamente
frutas y verduras.
Miré el reloj
constatando que faltaban sólo unos minutos para la hora indicada. Enseguida
supe que cuando las campanas de la parroquia de la avenida Dorrego anunciaran
las doce todavía estaríamos cenando, pero ningún gil vendría a retarnos, así
que seguí masticando y sin culpa.
Me acordé de mis
viejos, que son ateos y no me dieron ningún tipo de formación religiosa, pero
por costumbre se unían al rito. De tantas reuniones de Nochebuena que pasamos
los tres solos, por tener una familia de mierda con la cual no podíamos contar
ni siquiera para caretear las fiestas. Es que cuando yo era chico atravesábamos
una difícil situación económica que nos llevó a vivir en un corralón, lo que
avergonzó a varios familiares que no querían reconocer que algunos de sus
parientes se habían ido a la lona. Lo que nunca se les pasó por la cabeza fue
venir a ofrecernos una ayuda, o al menos comprensión, si al final de cuentas
ellos también venían de cuadros similares, simplemente que lo nuestro se
resolvió más lentamente.
La opción que
eligieron fue no verlo para creer que no sucedía, algo muy argento. Por tal
motivo, a la hora del brindis nos quedábamos en silencio para escuchar las
voces que venían de la casa de al lado, para reírnos de sus chistes e inflarnos
de euforia al oírlos cantar “Ya se la
tomó, ya se la tomó, y ahora le toca
al vecino… tómese otra copa, otra copa de vino…” y los tres alzábamos las
copas, pero en las miradas advertíamos que estábamos solos, sí, pero no
dependíamos de alegrías ajenas.
En el arbolito
estaban los regalos y eran muchos para mí, la ventaja de ser hijo único. Después
de las doce los tres salíamos a la calle, la mayoría de los vecinos hacían lo
mismo y allí todo parecía mezclarse entre pirotecnia, alcohol y pan dulces
caseros. Mi viejo se juntaba con un par de atorrantes como él, padres de mis
amigos, y le daban duro al vino, hasta que las madres venían a llevarlos. Era
muy cómico ver a mi vieja tratando de arrastrar a mi viejo por el pasillo,
mientras éste cantaba algún tango a voz en cuello. Mi vieja intentaba
convencerlo en voz baja de que se acueste a dormir la mona, pero él insistía
con querer cantar y en el baño, porque allí había más acústica. Las fiestas
dionisíacas también se daban en Villa Crespo.
¡Paf! Algo
estalló en mi cabeza. Una energía cargada de melancolía de la más pura cepa,
esa misma que venía rodeándome la manzana desde hacía varios minutos. Comencé a
oír voces desconocidas, traté de individualizar aunque sea alguna entre todas
ellas, pero el esfuerzo fue inútil. Tampoco pude identificar lo que decían por
que todo era muy confuso. Notaba, eso sí, una gran carga de agresividad, como
si me retaran por una serie de errores del pasado. Por ahí con mucho esfuerzo
entendí que cada tanto pronunciaban mi nombre y la palabra no. Ese coro estaba
integrado por voces masculinas y unas pocas femeninas. En general sus tonos
eran graves… no fue algo novedoso pues ya me había sucedido en otras
oportunidades, pero lo que me llamó la atención es que esta nueva aparición era
bastante más belicosa.
El miedo comenzó
a hacer de las suyas arrancándome, primero, de la mesa, para luego llevarme a
los empujones hacia el baño. Escuchaba a Mariana, a Luca y a Claudia hablar
fuerte, como cuando uno deletrea cada palabra con el afán de darles mayor
dureza a cada sílaba. Comencé a desconfiar de mis invitados, de la forma en que
manejaban sus expresiones, porque me pareció que lo que mostraban sin tapujos
era su propio resentimiento y no esa alegría que teníamos en un principio.
Lanzaban risotadas salvajes que comenzaron a dolerme en las orejas. Cuando abrí
apenas la puerta del baño para espiarlos, constaté algo que me puso a las
puertas de la desesperación: los tres tenían mi cara, o al menos se habían
puesto de acuerdo en utilizar la misma máscara, que por supuesto llevaba
dibujada mi cara. Hice un racconto de mis últimas horas llegando a la conclusión
de que no había consumido más que marihuana y alcohol, de manera que no era
todo esto el producto de un mal flash, no, acá había otra cosa que en ese
momento no pude comprender, o al menos si tomé algo poderoso lo hice de forma
inconsciente. Más de una vez descubrí un ácido en algún lugar sorprendente de
mi casa y por ahí me mandé uno sin saberlo. Recuerdo haber pensado en un
momento, como tantas veces, que a lo mejor ya estaba así, en estado de locura
intermitente, en una de esas no consumía nada pero sin embargo me comía algún
que otro flash de tipo residual, no sé, fueron instantes de confusión seria.
Caían
pensamientos como lo hacen las estrellas fugaces, es decir, no podía saber el
lugar exacto de la caída y era inútil correrse hasta allí. Mi centro emocional
se hizo cargo de todas las interpretaciones. Cada una con su respectivo ardor;
cada pestañeo era una diapositiva mostrando momentos vividos que se abrochaban
sin coherencia de tiempo ni lugar. Vi mi rostro en el espejo del botiquín y no
era el habitual, fue como verlo en su verdadero tiempo cronológico, con todas
esas marcas que les puedo asegurar que me sorprendieron.
Pero ojo que
hablo de marcas, no de arrugas, la piel había sido salvajemente tajeada por
alguna gillette que nunca vi y menos sentí. Estaba apoyado sigilosamente sobre
una ventana clausurada y desde ella podía ver mis movimientos faciales, lentos,
de poca variación. Comencé a recordarme a mí mismo, como si fuera conectando
cada cable en su lugar y se encendiera la luz correspondiente, esta fue la
impresión que tuve. La tensión de los músculos fue aquietándose, logrando de
esta manera una postura de movimiento detenido. Las imágenes que iban
apareciendo eran relajadas y en ellas se me veía concentrado mirando hacia un
lugar determinado. Nunca antes había tenido un ensayo de este tipo con el
tiempo. La sensación que tenía era la de una pequeña eternidad, como si fuera
transitando por el sueño y me detuviera en cada mojón a reflexionar. Esto fue
más que suficiente para darme cuenta que el instante había pasado, ya había
mostrado lo que necesitaba ver, fue el momento de pensar: “lo asimilado, asimilado está; y
lo que no ya se entenderá”.
Salí del baño
sin saber si el tiempo transcurrido había sido de cinco minutos o de cuatro
horas. Indudablemente ocurrió lo primero porque nadie pidió ninguna explicación
por la tardanza.
Adaptado
nuevamente al entorno, volví a mi lugar y tomé asiento. Luca ya tenía entre sus
manos una de mis guitarras, la acústica, y con un rasgueo extraño se puso a
cantar un reggae. Contó que formaba parte del repertorio de la banda y que lo
llamaban “No acabes”, lo cual produjo una carcajada generalizada.
Le comenté que
me sorprendió su forma de rasguear, que me parecía sugestiva porque iba
dibujando huecos que incitaban a marcar el ritmo, de esa forma lograba que
nuestros hombros se fueran hacia atrás y luego volviesen con un baile tan
festivo como agreta. El tema me pareció de puta madre.
El cielo de
Villa Crespo se iluminaba por enésima vez a puro fuego de artificio, creo que
las explosiones dialogaban entre sí y hasta armaban allá arriba una joda
propia. Algunos perros del vecindario estaban con un trabajo bárbaro ladrando a
más no poder, otros se llevaban su propia cobardía e instalaban su buffet de
campaña debajo de una mesa o de alguna cama deshabitada. Seguramente otros tantos
se dejaban caer en las manos de un miedo inexplicable. No debe ser nada
agradable escuchar semejantes explosiones y más cuando todos sabemos que el
oído de los animales es muy sensible. A veces tenemos maneras extrañas de
festejar imitando al bombardeo de una guerra.
Escuché atentamente lo que
estábamos hablando y en los cuatro se notaba todo un bagaje de conceptos,
preconceptos, escepticismo, contradogmas o cierto tipo de fe, en estado
vegetativo, al momento de desarrollar el tema de la Navidad. De cualquier
manera comulgamos en algo: esta era la fiesta de cumpleaños de un loco
recolector de cosas copadas, de alguien que se preocupó por multiplicar la
comida en la mesa de los desposeídos, que convertía el agua en vino y que les
hizo un lugar a las mujeres, sean estas vírgenes o putas, y hasta ahí
convengamos que está bien. No íbamos a culparlo por el mantenimiento de
cancerberos inútiles, de aquellos hijos de puta que, a título de purificaciones
necesarias, llevaron a cabo sistemáticos genocidios por confundir la dirección
del paraíso con la del infierno, o de la invención de un fortísimo somnífero
llamado “teología”. Pero bueno, ese era otro tema.
–Va a ser
raro sacar un disco en un país lejano como este, ¿no?, digo… porque no creo que
unos años atrás hubieras pensado jugar de local en Argentina.
–Mirá, uno
es local donde está bien. Muchos se fueron de acá a Europa soñando vivir cosas
increíbles, sin embargo yo vengo de allá escapando de la muerte. Acá encuentro
gente que se toma una ginebra y se larga a cantar… y yo creo que eso es vivir
al mango… lo demás… ¡fuck you!
– Sí, por
ahí es así… lo que pasa que nuestro flash en otro…
Claudia
se sorprendió al ver la hora, como si se hubiese dado cuenta de que algo
especial se le estuviera escapando, y esto le generó una sonrisa mayor que la
reglamentaria. Entonces se puso de pie y ante nuestra curiosidad anunció
solemnemente:
–¡Vamos a
brindar! Y, como decía la canción de Lennon, “Feliz Navidad para el rico y para
el pobre; para el blanco y para el negro…”.
–Tomemos
conciencia de la importancia de este brindis porque es internacional, ¿eh? acá
hay un tano, una brasileña, una cordobesa y un porteño.
Claudia volvió a sorprendernos al irse rápidamente
hacia el dormitorio y sin ninguna explicación. Entrecerró la puerta con
delicadeza dejando escapar unos ruidos a papel que todos escuchamos porque
estábamos atentos. Segundos después estaba de regreso con una caja entre sus
manos. La misma se veía prolijamente envuelta en un papel rojo navideño y en su
parte superior lucía un delicado moño dorado.
–¡Uy, miren
lo que encontré en la ventana del dormitorio! ¡debe ser el regalito de Papá
Noel!
–¡No me
digas…! Nos quiere emocionar…
La apoyó
sobre la mesa y todos cruzamos las miradas. La duda duró muy poco porque algo
en la sonrisa de los otros tres me confiaba que el regalo era para mí. Entonces
procedí a desarmar el envoltorio. Lo hice con sumo cuidado porque era una pena
romper tan delicado paquete. Ni bien quedó abierto apareció una caja de cartón
más pequeña que me hizo pensar en una broma. De inmediato decidí continuar,
porque Claudia no acostumbraba a hacer cosas de ese tipo. Al abrir la segunda
caja vi que tenía pegada una tarjeta firmada por Santa Claus. Procedí a leerla
en voz alta:
“Querido Flenin: como te imaginarás tengo
toda la noche para caminar, y como llevo una gran bolsa cargada de regalos voy
a tener que hacer un despliegue de energía tremendo, voy a la fisura de cabeza,
por ese motivo decidí quedarme con la bolsita de merca, pero te dejo un buen toquito
de faso para que se entretengan. Un abrazo. Santa Claus”.
La
carcajada provocada por este Papá Noel del palo pasó a integrar la lista de las
mejores explosiones de toda la noche.
Guitarra en mano
le propuse a Luca recordar una canción del primer disco de Los Beatles: “¿Quieres
conocer un secreto?”. El pelado pronunciaba un inglés perfecto, incluso se
notaba que tenía muy bien memorizada la melodía original; lo mío, en cambio,
trata de ser decoroso en un inglés villacrespense. Las partes en donde se
escucha aquel archifamoso coro: –“Tururá”–, quedaron a cargo de las chicas, quienes
demostraron tener muy claro su trabajo.
Después, el
pelado me pidió que cante algún tango. No me hice desear y al toque salí con
“Soledad”, de Gardel y Le Pera, un tema que es una verdadera maravilla, una de
esas canciones por las cuales uno daría la vida a cambio de componerla. Pegado
a esta canté uno que el pelado no conocía y que le partió la cabeza por el
contenido de la letra: era el tango “Muchacho”, del sabio Celedonio Flores.
Como Mariana lo
conocía, lo fuimos cantando a dúo. La primera parte, algo más susurrada, pero
en el estribillo nos sentimos más seguros y salimos con esa polenta tanguera
que solo da el alcohol. Además, les puedo asegurar que a pesar de la tremenda
curda lo hicimos bastante afinado.
Entre el vino
patero, la sidra, el champú y el faso de Santa Claus, íbamos rumbo a una
crucifixión segura, y dado el ritmo que llevábamos nadie iba a esperar nuestra
posterior resurrección.
Mariana se puso de pie, tambaleó un
poco pero al fin logró mantenerse, entonces tomó una botella de sidra vacía y,
como si esta fuera un micrófono, le apuntó a Luca:
–Mr. Prodán,
¿cómo ve este nuevo año que se inicia, con qué perspectivas lo encara?
–Yo,
humildemente, le diría que siento que es como dijo un amigo... un tornado
arrasó mi ciudad y mi jardín primitivo… un tornado arrasó tu ciudad y tu jardín
primitivo, pero no, mejor no hablar de ciertas cosas…
–Y acá, a mi
derecha, tengo a un cantante y compositor criollo, que nos va a hablar sobre
sus planes para el `85. ¿gausho Flenin, cómo ve el futuro vocé?
–¿Sabés una
cosa? El viernes pasado entré a uno de esos barsuchos del Abasto, ahí sobre la
calle Jean Jaures. Me senté junto a la ventana y llamé de una al mozo, le pedí
una ginebra con vodka. Ni bien se fue hacia el mostrador, yo piré al baño.
Cuando estoy por entrar, allá por el fondo del boliche, lo veo al Futuro
sentado en una mesa, sí, al Futuro, que estaba ahí, solo, morfándose un platazo
de albóndigas con papas y chupando vino de la casa. Tenía al lado de la panera
un atado de Parisiennes y un diario Crónica.
Me acerqué tímidamente, la verdad que con la intención de sentarme en su mesa,
no sé, por ahí me habilitaba con algo y charlábamos un rato acerca de lo que
iba a venir, de mis futuros días, de mis planes, qué sé yo. La cuestión es que,
haciéndome el logi, me le arrimé, me agaché para tenerlo a tiro y le canté
despacito esa canción pelotuda que dice: “El que come y no convida tiene una
sapo en la barriga”. ¿Y saben qué hizo el chabón?, levantó la cabeza con
fastidio, tragó, me miró con su mejor gesto de asco y me dijo: ¿por qué no te
vas a la concha de tu madre, ortiva?


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